Falsos enfrentamientos: La esquizofrenia asesina de la dictadura y los medios

El 2 de julio de 1984 fueron ejecutados en Santiago Héctor Patricio SOBARZO NUÑEZ, profesor, militante del MIR, Enzo MUÑOZ AREVALO, militante comunista. La versión de los medios como LA TERCERA y EL MERCURIO, CANAL 13, CANAL 7 cómplices de la dictadura y los organismos represores, fue que hubo un enfrentamiento. Pero era una mentira más, de las tantas que se ocuparon para tapar la esquizofrenia asesina, de los perros de caza del régimen de Pinochet.

Escrito por: Simón Sobarzo Castillo
Patricio era profesor de historia, compañero de Inés (mi madre), fue uno de los fundadores de la AGECH y de la UNED, y a la fecha de su muerte, a los 31 años, era secretario regional del CODEPU y presidente de la Agrupación de profesionales democráticos (APD). Desde su adolescencia penquista militaba en el MIR.
En Concepción fue presidente del centro de alumnos del mítico Liceo Enríque Molina durante la UP, y pocos meses después del golpe fue detenido y estuvo desaparecido 3 meses, siendo llevado al Estadio Regional de Concepción y después a la Base Naval de Talcahuano donde fuera salvajemente torturado, quedando con irreversibles problemas a la vista producto de las vendas en los ojos. Durante ese tiempo Elena y Héctor, mis bellos abuelos paternos, y Carmen y Cristina, sus hermanas, se vieron imbuidos por una tremenda tensión y pena por la suerte de su hijo y hermano, dejando los pies en la calle y el Comité Pro-Paz para buscarlo. 


Posteriormente fue sometido a un Consejo de guerra y estuvo recluido durante más de 1 año en la cárcel de calle Chacabuco 70 en Concepción. Allí siguió conviviendo con los golpes, la tortura y los ratones, pero con la convicción intacta de salir a luchar para derrocar a la dictadura y liberar a su pueblo. Así fue como una vez en libertad partió a Chillán a estudiar Pedagogía en Historia en la sede regional de la Universidad de Chile y conoció a la Inés Castillo Jara, mi mamá, estudiante de Castellano del mismo lugar. Al poco tiempo se fueron a vivir juntos, retomando el trabajo político al alero de instancias como la ACU (Agrupación cultural universitaria, una organización que al alero de las comunidades cristianas de base pretendía reorganizar el movimiento estudiantil de izquierda al interior de la Chile) y pariendo un trabajo semi-clandestino con el movimiento campesino de la zona.


En 1981, ya titulados, ambos parten a Santiago y al año siguiente se casan, estando ya mi madre embarazada de quien escribe. Allí comienzan a trabajar en colegios de la capital, pero ya a comienzos del año 83′ Patricio deja su actividad profesional para dedicarse de lleno a la política, ocupando la secretaría regional del CODEPU, organización de DDHH que presta apoyo a la resistencia antidictatorial que la Vicaría de la Solidaridad no podía cubrir por su involucramiento con acciones armadas, pero que también servía de instancia articuladora de la izquierda que comenzaba a agruparse en el Movimiento Democrático Popular (MDP). Patricio era un dirigente público, una persona “de masas”, y comenzaba de a poco a elucubrar junto a otras y otros compañeros una crítica a la deriva militarista del MIR de comienzos de los 80′, que había pagado un tremendo costo humano y político por la política del retorno, a pesar que Patricio nunca quiso moverse de Chile.

Rafael Maroto (sacerdote revolucionario, y vocero del MIR) en 1985, durante su relegación en Tongoy. Tras su puño en alto hay un poster con la imagen de mi padre).

Es así como a fines de junio de 1984 fue contactado por un grupo de militantes del naciente FPMR a punto de ser detectados por los aparatos de seguridad del pinochetismo, tras caer gravemente herido uno de sus miembros en una acción de propaganda armada frente al cuartel de la Brigada de inteligencia del ejército en calle Alonso de Ovalle. A pesar de los cuestionamientos al interior del CODEPU por el riesgo de cubrir a los compañeros, Patricio decide ayudarlos y recorre Santiago buscando ayuda médica para el herido, llegando finalmente a una suerte de clínica clandestina montada en una casa de calle María Iriarte en Macul, a pocas cuadras de Américo Vespucio, donde los combatientes están escondidos esa lluviosa noche del 2 de julio, decidiendo junto a mi padre que intentarán hacer los últimos contactos antes de asilarlo en una embajada si fracasan en el intento. Entonces Patricio junto a Enzo Muñoz salen de la casa de Macul en un vehículo, y al llegar a la Rotonda Departamental el primero se baja a hablar por teléfono a una caseta del lugar. En ese momento aparecen decenas de vehículos de la brigada verde de la CNI, comandada por Álvaro Corbalán, quienes acribillan instantáneamente a Enzo, reduciendo mientras tanto a mi padre en el piso para acto seguido subirlo a un furgón, llevarlo a orillas del Zanjón de la aguada, y propinarle decenas de metrallazos en la intersección de las calles La Aguada con Missouri que le terminan por quitar la vida, mientras el otro grupo de compañeros intentan escapar de la casa, siendo todos ellos detenidos y dos de ellos (Ana Delgado y Juan Varas), llevados al Cuartel Brogoño de la CNI donde son torturados toda la noche y asesinados durante la madrugada a la salida de su casa en San Miguel.


Después viene el horror de mi madre, mis abuelos y mis tías, la lucha incombustible de Inés por criarme y hacerme feliz bajo la sombra de la dictadura, los seguimientos y las dificultades de todo tipo, pero también las vueltas de espalda y carnero de algunos ex compañeros que se fueron a administrar el Estado con la Concertación…
Nunca me cansaré de decir que estoy orgulloso de mi madre y su fortaleza, que aún con todo el machismo endémico de nuestra sociedad (y también de la izquierda), supo sacar fuerzas de no sé donde para ejercer una multiplicidad de roles. Es por esas heroicas mujeres, por esas grandes compañeras que hoy estamos parados frente a la vida.
Así hoy día puedo decirle a mis bellos hijos, a mi hermana que vino a reafirmar la rebeldía de seguir naciendo, a mi segundo padre (un tremendo ser humano), y puedo decirle también a mi compañera de vida (que paradojas aparte, participó tramitando el proceso de mi padre y tomado testimoniales en el mismo), que estoy orgulloso de nuestros viejos, que los amamos, que los admiramos, pero que también tenemos una tremenda responsabilidad histórica encima para desde nuestras realidades actuales aportar en la construcción de un Chile totalmente distinto al que conocemos, completando esa tarea que la muerte y la represión dejó trunca, y siempre con la esperanza y el corazón intactos..

Inés, Patricio y el que escribe en el verano de la 84′ y está tomada en la casa de mis abuelos

 

Prensa Opal

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