El 15 de Noviembre de 1990, cae ejecutado enfrentándose a las Fuerzas Represivas de la Concertación, uno de los líderes del Movimiento Juvenil Lautaro.

La aguja del tiempo marcaba el año 1987 para cuando llegué al Colegio Gabriela Mistral. Allí conocí “al Antonioletti” En esos tiempos nos llamábamos por el apellido. Bueno, las condiciones que había en el colegio eran bastante difíciles. El pensar era peligroso y tratar de crear un centro de alumnos lo era aún más y mal visto por la dirección del establecimiento. Profesores de estampadas tendencias pinochetistas y “democráticas, “marcaban” a los alumnos “problemáticos”. Entre los cuales, Ariel y un par de docenas más, nos encontrábamos.

Yo llegaba muy temprano al colegio. Como a eso de las siete de la mañana. Esa era una opción para escabullirse del Cancerbero Inspector general que esperaba en la entrada a todos los alumnos que cometieran el pecado de tener el pelo largo. Si el cabello tocaba el cuello de la camisa era sinónimo de rebeldía, de desorden y de un solapado apoyo a ideas subversivas. Yo para agravar la situación usaba un aro en la oreja izquierda. Ocurría que entre más parecido fuera uno a un militar, aumentaban las concesiones.
La otra opción era llegar atrasado. Allí me encontré un par de veces con Ariel. Debo confesar que él no hablaba mucho o mejor dicho, nunca habló mucho conmigo. 

Creo yo, que era porque me despreciaba en cierta medida, yo militaba en las Juventudes Comunistas en ese entonces y a su modo de ver nosotros éramos “un tanto” amarillos o demasiado tibios. (Muy equivocado, no estaba en todo caso) Para ser franco, también debo agregar que nadie me usaría como símbolo de la simpatía o del agrado.

El nunca expuso de qué partido era, sin embargo, todos los compañeros de izquierda que nos reuníamos, sabíamos que él era del Movimiento Juvenil Lautaro. (MJL)
En ese mismo listado estaban el Mauricio, el Mario y otros más. A pesar de nuestras diferencias políticas, siempre nos unimos para lograr algún avance en nuestras reivindicaciones o simplemente para apoyar alguna convocatoria de paro o huelga a nivel nacional. (Qué hermosas heroicas mañanas luchando junto a los estudiantes de la Facultad de Medicina de la zona norte)

Me tocó verlo llegar varias veces atrasado a la sala de clases. Como recién salido de la ducha o de la cama. Su pelo era bastante abundante, como que siempre estuvo en contra de los vientos. Aún puedo ver sus mechas rebeldes y su desparramado chaleco azul. Los profesores chanceaban al respecto con él y él siempre respondía algo gracioso. También presencié escucharlo responder en forma ácida a algún despótico profesor que teníamos. Yo era irreverente con los maestros, él era más analítico y certero en sus apreciaciones.

Como es típico al recibir nuestras calificaciones comparábamos los resultados unos con otros. Me sorprendieron sus buenas notas. A pesar de no estar tomando atención a la clase y estar ensimismado leyendo cosas más interesantes que el portaba, a pesar de su reiterada inasistencia, obtenía mejores notas que muchos de los que iban a diario al colegio. (Aclaro que no soy el mejor referente, siempre fui un estudiante mediocre)

No sé si fue su militancia o su manera de ser o ambas, las que cristalizaban su actuar en el colegio. Yo nunca lo tomé muy en serio. Pensé que era medio lento o que era uno de esos ratones de Biblioteca o un inepto más de los que abundaba en la sala de clases.
No lo vi fornido, ni brillante, ni más bueno que el pan. Al contrario, lo vi como una persona común y silvestre. Era de carne y huesos, pero era de carne, huesos y flores.

Contra todos mis prejuicios y mis apreciaciones antojadizas, era más valiente que la cresta. Me enseñó a mí y a otros, lo que un simple ser humano puede llegar a hacer o transformarse gracias a sus convicciones. La policía disparaba a mansalva contra un enjambre de quinceañeros estudiantes que gritaban contra el tirano. Los balines caían en la cara de mis compañeros, en las piernas, las manos. Se enterraron en el ojo de uno de nuestros hermanos. De entre estos compañeros de clase, Ariel, se destacó por hacer esconderse a los pacos a fuerza de Molotov, a piedrazo certero y limpio, con la honda, con las manos, con esa voz de mando que más de alguna vez sacó. ¡Vamos compañeros!
Y todos apedreando el maldito bus de los pacos, y los policías encaramados sobre la reja del Liceo para poder dispararnos mejor. Lo vi repartiendo sal y limones, lo vi repartiendo amoniaco, lo vi repartiendo fuerza y empuje, lo vi dirigiendo. Lo vi demasiadas veces, y nunca lo observé demasiado.

Pido disculpas por no haber sabido atesorar mejor los recuerdos. Otros maestros me enseñaron que entre menos uno sepa o se acuerde, mejor será para todos. También el tiempo ha ido borrando los escenarios, las caras, los lugares, los nombres, pero no así, las convicciones. Esas se mantienen más frescas que ayer, más vigentes que nunca.

En la existencia trágica de nuestro pueblo y de nuestra clase, el jardín del pueblo se riega con sangre a falta de agua justa. La sangre de Ariel ha humedecido a más de alguna almendra y ablanda el surco duro del olvido.

Tal vez su postura política no fue la mejor, pero los años, se empeñan en decir lo contrario. De lo que nunca se le podrá acusar es de haber renunciado en sus ideas de luchar por algo mejor para nuestro pueblo. Cosa que muchos partidos que se auto-proclaman vanguardia del pueblo nunca podrán decir.

Como te decía, nunca hablé mucho con él a nivel personal. Sólo a nivel político o estratégico o a nivel táctico. (Donde nos esconderíamos ante la posibilidad que el Director del colegio dejara entrar a la policía) Nunca supe que su madre fuese periodista, o su dirección. Nada. Fue demasiado introvertido o demasiado conspirativo. Me expulsaron del Liceo, y allí perdí el contacto con prácticamente todos los que fueron mis compañeros. En ese entonces no había correo electrónico y tener teléfono era un lujo.

Hubo una concentración, no recuerdo si en General Velásquez o Vicuña Mackenna. Había mucha gente ese día, yo caminaba por entre la muchedumbre hasta que me topé a quemarropa con un pelotón del MJL. Se ordenaban y tomaban formación militar. Se formaron al mando de un combatiente que portaba un pasamontañas. Me quedé mirándolos con atención y también con cierta envidia.
En forma accidental quedé enfrente de la pequeña columna y de su líder. Quedé prácticamente cara a cara con quien los dirigía. Entonces, por entre el pasamontañas asomaron claros sus ojos verde-azul que me quedaron mirando. Estaba sin sus lentes, sin sus habituales gafas. Suavizó su mirada unos segundos, me reconoció creo yo, y le sonreí. Me dio un guiño, se dio media vuelta, les dio una orden y se marcharon.
Los vi alejarse por entre el gentío. Fue lo último que vi de él.

Han pasado 20 años y aún recuerdo ese par de nubes que fueron sus ojos. Y pienso en cómo lo asesinó la Concertación…Y aferrado a mis versos me vuelvo a preguntar… ¿Cuántas maneras hay de matar a un ser Humano? ¡Sólo Una, Olvidándolo!

Y yo no olvido, es más, mientras viva, el vivirá conmigo. Yo lo llevaré a cuestas, pero no como una carga, sino como un guía de consecuencia, un ejemplo de heroísmo. Las palabras se acentúan dependiendo del dolor que nos causan. El acento ha sido ensangrentado. No toda la sangre significa muerte, también significa vida. Detrás de estas líneas, aún queda vida, aún quedan esos sueños a medio terminar que son los sueños colectivos de millones. Aún queda patria, aún queda tanto por hacer.

Está carta no pretende ser una apología, ni un homenaje. Simplemente pretende rescatar el recuerdo de un ser humano, mitad niño, mitad hombre que entregó su vida a cambio de más vida. Pretende recordar a mi compañero de curso, a mi compañero de clase.
Detrás de estas palabras, Ariel sigue estando y sigue teniendo el mismo coraje que demostró cien veces y cien veces su recuerdo golpeará la traición.
No lo busques en las plazas, ni en las calles, ni en los cementerios, ni en los bosques.
Él vive, canta y combate, en la trinchera del corazón.

Para Prensa Opal: Andrés Bianque Squadracci.

 

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Escrito por prensaopal

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