Chile

Víboras de Verde, reptan las esquinas.

¿No te basta con mi cuerpo, también quieres mis sueños?

El tiempo no lo cura todo, a veces el tiempo es la propia enfermedad. Primero pasaron por entremedio de las costillas y los riñones, por entre los ojos y los pechos. Hoy pasan por entre los barrotes de la penumbra jurídica y su jauría de injusticias insignes.

Los excusados se inundan, mientras las ratas extrañarán el olor a basura que exudan sus pasos.

Mezclando lágrimas, tinta y sangre, van apareciendo los trazos sobre el lienzo repetitivo de nuestros muertos. Aquí donde me ves, no represento a nadie y represento a muchos. Estoy de paso, hasta que me rompan, hasta que me llevan a otras avenidas o me encierren en un sótano. Soy una estatua de cenizas, nada más, nada menos. Soy como tú, estoy de paso. Mírame con atención y terminarás viéndote a ti mismo.

Sarta de coágulos sin sombra espían desde las ventanas, para luego invocar sus risas de psiquiátrico frente a los espejos e hincarse al anverso de sus retratos privados. Ciertamente, hay gente que necesita mucho más una plantilla ortopédica para el cerebro, que para otras partes menos determinantes del cuerpo.

Con el tiempo nos ajamos, nos ponemos viejos, pero hay algunos que tienen la caradura, hasta más allá de la muerte.

Cría corvos y te arrancarán los ojos.

El abusador intenta conseguir a través de la brutalidad e infamias, lo que sólo el amor alcanza a través del respeto.

Mí Comandante de carroñeros, mí Coronel de cloacas, mí Teniente de torturas, mi Capitán de córneas moreteadas, mí Alférez de humanos asados. Como si hubiese una rata interna diciéndoles qué decir, qué hacer, qué sentir. Como si vuestros nombres valientes zooldados, llevasen un corazón seco a bordo del ataúd ambulante de sus uniformes. Que ese mismo corazón arrendado se nutriese de lágrimas ajenas o sonidos de carne desgarrada.

Ejército de cobardes, siempre altivos en contra de los amarrados. Milicia de malditos mamarrachos, marionetas del mercado bursátil. Emperadores de sótano, monarcas de mujeres maniatadas.

Sólo cumplen órdenes, no sabían, no saben, no entienden que torturar está mal. Que las circunstancias fueron las que encendieron los interruptores, que el olor a carne quemada en los catres sólo ensalza el baluarte de sus medallas de piel humana.

Que la excitación que les provoca ver su reflejo en la sangre salpicada, son simples accidentes históricos y horridos momentos anecdóticos. Que la mirada asustada de sus víctimas no enciende el brillo barato de su enorme poder en esos momentos.

Sólo cumplen órdenes ¿Quién da esas órdenes? ¿Quién costea esas conductas? ¿No serán los mismos financistas de fémures rotos que intentan diariamente borrar lo acaecido?

¿Escuchas la canción de los muertos, el silbido por entre los alaridos de los márgenes?

Burgueses de burdeles bursátiles, latifundistas de látigo salarial, ustedes, derechistas deformes que propagan la ignorancia y la brutalidad para continuar su vida de parásitos, pretendiendo inyectar amnistía como amnesia de sus carencias morales y básicas. ¿Qué más se puede exigir o esperar de bestias que avalan o callaron frente a los atropellos perpetrados en el país?

El capital los cría, el manicomio institucional lo hace junta.

Sigan intentando apagar el fuego de la memoria con sus gargajos. Sigan intentando apagar el fuego con gasolina.

Ahí les va un verso lleno de esquirlas, un poema repleto de los hijos e hijas que no pudieron asesinar o callar.

Escritura fractal y frontal, coyotes de jinetas malversadas.

Andrés Bianque Squadracci.

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