Opinión

El suicidio: un derecho humano

Es mucho más común de lo que se cree pensar en el suicidio. En su libro Suicidio, publicado en 1988, Earl Grollman dice: “Casi todo mundo ha contemplado el suicidio en un momento u otro de sus vidas” (Beacon Press, 2ª edición, p. 2). En su libro Suicidio, una decisión para siempre publicado en 1987, el sicólogo Paul Quinnett dice: “Las investigaciones han mostrado que una mayoría sustancial de gente ha considerado el suicidio en un momento de sus vidas, y lo han considerado seriamente” (p. 12). A pesar de esto, generalmente nos preocupamos profundamente cuando alguien habla de suicidarse, y tales pensamientos por sí mismos son causa suficiente para una “hospitalización” involuntaria y un “tratamiento” psiquiátrico, especialmente si la persona quiere realmente suicidarse y rehusa “terapias” que cambien su pensar.

La aseveración que la gente no sólo tiene derecho a hablar de suicidarse, sino a suicidarse de hecho, ha sido hecha por muchos que creen en la libertad individual. En su libro Suicidio en Estados Unidos, publicado en 1982, el siquiatra Herbert Hendin dice: “En parte para responder a los que quieren prevenir el suicidio, en parte como reacción a abusos de internamiento, y principalmente por la idea de aceptar cualquier cosa que no haga daño físico a nadie, vemos el suicidio como un derecho humano fundamental. Muchos de los que abogan por esto deploran todo intento de prevenirlo como una interferencia con ese derecho. Esto es lo que expresó Nietzsche cuando escribió: ‘Existe un derecho por el cual podemos privar a un hombre de su vida, pero no existe ninguno con el que lo podamos privar de su muerte’. Tomado en su contexto social y sicológico, el suicidio es considerado por algunos como un tema de libertad individual exclusivamente” (Norton & Co., p. 209). En su libro La muerte de la siquiatría, publicado en 1974, el siquiatra Fuller Torrey dice: “No debiera ser posible internar a la gente contra su voluntad en hospitales mentales… Esto implica que tienen el derecho a matarse si lo desean. Eso es lo que creo” (Chilton Book Co., p. 180). En su libro ¿Por qué el suicidio? el sicólogo Eustace Chesser aseveró: “El derecho a escoger el tiempo y manera de la propia muerte me parece que debiera ser inexpugnable… En mi opinión el derecho a morir es la primera y más grande de las libertades humanas” (Arrow Books, 1968, pp. 123 & 125). En Sobre el suicidio, publicado en 1851, Arthur Schopenhauer dijo: “No hay nada en el mundo sobre lo que cada hombre tenga título más inexpugnable que su propia vida o persona”. En una versión en audio del libro Vida 101 publicado en 1990, John Roger y Peter Williams nos dicen: “Las descripciones de una gran cantidad de individuos apuntan a la posibilidad que la muerte podría no ser mala… El suicidio siempre es una opción. Es lo que algunas veces hace más tolerable la vida.

El hecho de saber que no debemos estar aquí a la de a fuerzas hace que sintamos que estar aquí sea más llevadero”. Susy Szasz, víctima de una enfermedad llamada lupus eritematoso, confirma esto en su libro Viviendo con ello: por qué no tienes que estar sano para ser feliz. Escribió ese libro después de un agudo brote de su enfermedad que hizo que contemplara el suicidio: “Como han dicho muchos filósofos de la antigüedad, encontré que la libertad misma de suicidarse era liberadora” (Prometheus Books, 1991, p. 226). En tiempos antiguos (ca. 485-425 a.C.) Herodoto escribió: “Cuando la vida es una carga para un hombre, la muerte se convierte en búsqueda de un refugio”. En su libro Una lengua indomable, publicado en 1990, Thomas Szasz dice: “El suicidio es un derecho humano fundamental… la sociedad no tiene derecho a intervenir por la fuerza con la decisión de una persona de cometer ese acto” (Open Court, pp. 250s).

En una sociedad libre tu vida te pertenece, y tu única obligación es respetar los derechos de otros. Creo que todos hemos de ser tratados como los únicos dueños de nosotros mismos y de nuestras vidas. Por lo mismo, creo que una persona que se suicida tiene todo el derecho de hacerlo siempre y cuando que ella (o él) lo haga en privacidad y sin poner en peligro la seguridad física de los demás. Los miembros de la familia, los oficiales de policía, los jueces y los “terapeutas” que interfieren con la decisión de una persona para terminar su vida están violando sus derechos. La opinión común que la posibilidad del suicidio justifica el tratamiento siquiátrico, aún contra la voluntad del suicida en potencia, está equivocada. Suponiendo que la persona en cuestión no viole los derechos de otros, su autonomía es de mayor valor que la imposición de lo que otros consideren racional, o que, como dicen, que esté “en los mejores intereses” de tal persona. En una sociedad libre que reconoce que uno se pertenece, lo que dicen los siquiatras — “su conducta representa un peligro para sí mismo” — es irrelevante. En palabras de una película con Richard Dreyfuss: “¿Por fin, a quién pertenece la vida?” El más grande de los derechos humanos es el derecho a pertenecerse uno mismo.

Un aspecto de tal derecho es el derecho a vivir, pero otro aspecto es el derecho a poner fin a la propia vida. Una razón por la que algunos se oponen al derecho de suicidarse es la creencia teológica que se expresa de esta manera: “Dios te dio la vida y sólo Dios tiene el derecho a quitártela”. El usar este razonamiento para interferir con el derecho a suicidarse de una persona es imponer creencias religiosas a quien puede que no comparta tales creencias. Otra razón por la que algunas personas creen que es ético interferir con el derecho de pensar en suicidarse es la creencia en la enfermedad mental. Pero un llamado diagnóstico de “enfermedad mental” es un juicio de valor sobre el pensamiento o conducta de esa persona, no un diagnóstico cerebral real. Las llamadas enfermedades mentales no privan a la gente del libre albedrío, al contrario: son una expresión del libre albedrío (libertad que precisamente trae como consecuencia la desaprobación de otras personas). Aquellos que le llaman “irracionales” a las creencias de otras personas, están, sin evidencia apropiada, aceptando la idea que la enfermedad mental es algo cerebral, o están rehusando aceptar las creencias de otros sólo porque difieren de las suyas.

Por otra parte, algunas veces la gente se opone al derecho a suicidarse porque creen en un concepto de “enfermedad mental” que nada tiene que ver con lo biológico. El error con esta manera de pensar consiste en que sin anomalía biológica la única manera posible de definir algo característico a una enfermedad mental es desaprobar algunos aspectos de la mentalidad o pensamiento de una persona. Pero en una sociedad libre no debiera importar que tal pensamiento no se acate a la aprobación de otros (siempre y cuando las acciones no violen los derechos de otros).

Lo que es más, no existe buena evidencia de que alguna enfermedad mental se encuentre involucrada en la decisión de una persona en suicidarse. En su libro acerca del suicidio entre adolescentes, Marion Crook dice que “los adolescentes que consideran suicidarse no necesariamente están trastornados; de hecho raramente se encuentran trastornados” (Guía de todo padre para entender a adolescentes & el suicidio, Int’l Self-Counsel Press, Ltd., Vancouver, 1988, p. 10). El sicólogo Paul Quinnett hace la siguiente observación en su libro Suicidio, una decisión para siempre: “Como ya hemos dicho, no tienes que estar enfermo mentalmente para matarte. De hecho, la mayoría de la gente que se suicida no se encuentra legalmente ‘loca’, razón por la que surge una interesante paradoja. Para evitar que te mates, mis colegas irán al juzgado para decir que, debido a una enfermedad mental, tú representas un peligro para ti mismo y necesitas tratamiento. Pero — y esto es lo paradójico — tú puedes, en cuestión de algunas horas o un par de días, levantarte un día y decir: ‘A fin de cuentas he decidido no matarme’. Y si puedes convencernos que eres sincero te dejaremos irte del hospital para regresar a casa.

La pregunta es: ¿ya estás completamente curado de la llamada enfermedad mental? Obviamente no, ya que es muy posible que nunca fuiste un ‘enfermo mental’ desde el principio… Como he dicho, no creo que tengas que ser un enfermo mental para pensar en el suicidio” (pp. 11s). La declaración del Dr. Quinnett es una clara admisión que los alegatos de enfermedad mental para justificar encarcelamientos a suicidas es una deshonestidad deliberada, incluso desde el punto de vista de la definición de enfermedad mental que existe en las mentes de los profesionales. A pesar que saben que lo que dicen es falso, ellos dicen esas cosas ya que las leyes del internamiento siquiátrico involuntario requieren de una “enfermedad mental” antes de llevar a cabo el internamiento. El hacer estas falsas acusaciones en un juzgado para entorpecer un suicidio es una manera de evitar enfrentar el hecho que encarcelar a la gente sólo porque éstos creen que sus vidas no valen la pena es una forma de autoritarismo o despotismo. En el caso de aquellos que sólo han pensado suicidarse sin intentarlo, encarcelar por un simple “crimenpensar” es similar al ilustrado por George Orwell en su novela 1984.

Incluso a aquellos que se oponen al derecho al suicidio porque creen en la enfermedad mental se les puede hacer entender lo erróneo de sus teorías biológicas (o no biológicas) preguntándoles si estarían dispuestos a vivir de estar sufriendo una enfermedad mortal, con un intolerable dolor del alma que no se puede controlar. Una vez que esta persona admita que existe una circunstancia en que escogería morir, entonces puede visualizar el suicidio como el resultado de un juicio personal sobre sus circunstancias, más que una malfunción biológica o del cerebro (o como enfermedad mental no biológica pero “enfermedad” a fin de cuentas).

A pesar de todo lo dicho, algunos podrían aún tener la impresión que es correcto usar la fuerza para prevenir el suicidio dada la creencia que el verdadero deseo del potencial suicida es temporal, y que tal impulso se irá si se le fuerza a vivir un corto tiempo hasta que le pase la crisis. Los que así opinan suelen reconocer que alguien sí tiene derecho a suicidarse si no está actuando impulsivamente. Pero la evidencia indica que muy pocos (si es que alguno) de los que se suicidan lo hacen impulsivamente. Como dijo Earl Grollman en su libro (donde por cierto se opone al derecho de suicidarse): “El suicidio no ocurre de pronto, impulsiva o inpredeciblemente” (op. cit., p. 63). A su vez, en su libro el sicólogo Paul Quinnett dice: “He hablado con cientos de personas que se quieren suicidar… Si pudiera adivinar qué ha habido dentro de tu cabeza y corazón, diría que has tenido largas y difíciles discusiones consigo misma acerca de si vivir o no” (op. cit., pp. 18s). Más bien que ser impulsivo, el suicidio es algo que la gente hace después de pensar mucho sobre lo que consideran intolerable en sus circunstancias vivenciales (por ejemplo la soledad).

¿El suicida es un peligro para sí mismo? ¿Peligro para sí mismos a ojos de quien? Para el que juzga desde afuera, el suicidio parece dañino para la persona que termina con su vida. Pero ésa no es la manera como lo ve la persona que se suicida. Ésta lo hace porque sabe que el continuar viviendo en sus circunstancias particulares es un perjuicio mayor que la muerte. Esto se ve claro en la autobiografía de la editora de Life, Francis Lear, La segunda seducción: “SIEMPRE TENGO una salida, una dosis de litio suficiente para matar no por amor a Dios o estar lisiada. Una que se suicida simplemente se sale, se sale, se escabulle, huye y no regresa en ruinas o se queda aún con la habilidad de sentir. Una no se va a medias. El suicidio tiene muchas consecuencias: lastimará a los que te quieren, salpicará a los que están en la banqueta, pero su objeto, la razón de su magnetismo, es que es la única manera garantizada y segura de destruir, bombardear, detonar una masa crítica de sufrimiento. Reducido a su pura esencia, el suicidio es un sistema de transporte que nos mueve del dolor a la ausencia de dolor. Si los dioses maquinan contra nosotros y si los planetas están confundidos y la tierra se abre debajo de nosotros, siempre debemos tener una forma de salida” (Harper-Perennial, 1992, p. 26). Como dice el Dr. Eustace Chesser en su libro: “El suicidio es un rechazo deliberado de aceptar las únicas condiciones en que es posible seguir viviendo” (op. cit., p. 122).

Aunque las razones de una persona para escoger la muerte pueden tener o no sentido para otras personas, se supone que esto no debe importar en una sociedad libre: es una determinación muy subjetiva y personal, y además ¿cómo puede alguien decir que el suicida está tomando una “mala” decisión si no sabe cómo se siente en sus adentros? Como dice el siquiatra William Glasser en su libro Adicción positiva: “Debemos tener en mente que jamás podremos sentir el dolor de otra persona” (Harper & Row, 1976, p. 8). En general estoy de acuerdo con la aseveración del siquiatra Mark Gold que “el suicidio es una solución permanente a un problema temporal” (Buenas noticias acerca de la depresión, Bantam Books, 1986, p. 290). Sin embargo, la determinación de si es bueno sufrir un presente miserable con la esperanza de un posible futuro mejor, es un juicio de valor. El que una persona pueda legítimamente esperar un mejor futuro no justifica que otros escojan por ella un presente intolerable. Nadie debe sentirse poseedor del derecho a invalidar por la fuerza el juicio de valor de una persona o sus decisiones sobre algo tan personal.

Otro factor a considerar es que, contrariamente a su afirmación que previenen el suicidio, los profesionales de salud mental inadvertidamente lo promueven. David Greenberg, sicólogo de la Universidad de Nueva York, dice que los estudios sobre prevención del suicidio “han sido o inconsistentes o negativos” y sugiere que “el internamiento no necesariamente previene el suicidio sino que, de hecho, resulta en más suicidios” (“Internamiento siquiátrico involuntario para prevenir el suicidio”, en la revista New York Univ. Law Review, mayo-junio 1974, p. 256, énfasis en el original). Tomemos en cuenta el daño que causan los “tratamientos” de la siquiatría, la crueldad del tipo de vida en las instituciones siquiátricas y los efectos que produce el estigma: baja autoestima y discriminación para estudiar o encontrar trabajo. Todo esto no hace sino incrementar los índices de suicidio comparado con otros suicidas potenciales que no son tratados siquiátricamente. Así que reconocer el derecho a suicidarse no sólo respeta la libertad individual sino que previene el daño y crueldad que son comunes en los “tratamientos” a quienes quieren hacerlo.

La verdadera razón que se permite morir, en algunos países, es que los enfermos o inválidos son una carga para otros. En otras palabras, así como a la gente sana que se siente suicida se les encarcela supuestamente por su beneficio, cuando sale a la luz la verdadera y egoísta razón (aligerarle una carga a la sociedad), se les permite morir también por su supuesto beneficio. A pesar de esto, la opinión jurídica que sostiene el derecho a morir subraya la autonomía y autodeterminación como fundamento de la decisión y, por lo mismo, ratifica el criterio que cada uno de nosotros somos nuestros únicos dueños — dueños de nuestros cuerpos y de nuestras vidas. Sin embargo, el estigma psiquiátrico sigue prevaleciendo en nuestras vidas, así como el estigma social, para que decir del religioso. Y cierto egoísmo de los que sobreviven al que decidió quitarse la vida, es decir: “te mataste, y con tu muerte sufriremos tus padres, hijos, nietos, amigos, etc. Nos has dejado en shock, has sido un egoísta, etc.” Cabe entonces preguntarse: ¿si fue por soledad que decidió terminar con su vida, por qué lo dejaron solo? ¿si fue por dolor el alma, por qué no lo ayudaron? Eso vale para los mismos cercanos que criticarán dicho acto. Entendiendo también, que posiblemente a muchos de esos cercanos se les quitó un peso de encima con la decisión del suicida. Pero que, al menos públicamente, no lo reconocerán jamás.

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1 reply »

  1. Interesante artículo y bien documentado. Un tema que socialmente se mantiene en las sombras por nuestro propio terror a la muerte. La empatía instintiva frente a la tragedia que pone fin a la vida… ese miedo animal, nos hace rechazar y negar aquello que consideramos una “locura”, cuando a veces es una locura la vida misma. Valiente artículo de Cristián.

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