COLUMNA

Pena capital: Fracaso social y educacional

El populismo y el fascismo, por eso, propagan el embrutecimiento más abyecto, y que parece carcomer cada cierto tiempo a nuestras sociedades humanas.

Hoy en día enfretamos una crisis que deteriorará progresivamente nuestras condiciones vitales, desplazándonos hacia umbrales cada vez mayores de represión, convulsiones y catástrofes. La muerte, incluso ahora mismo, emerge como horizonte hacia el cual súbitamente transitamos, convirtiendo todo lo estable en precario y toda seguridad en incertidumbre. Desde ahora mismo nuestra vida se ha transformado en una especie de lenta sobrevivencia, acosada por el miedo y la confusión.

Frente a este escenario adverso he escuchado cada vez con mayor frecuencia la invocación de la pena de muerte para enfrentar algunas de nuestras contradicciones, y digo algunas, porque suelen ser las relacionadas con cierto grupo de actos criminales que varían entre la violación (cuando se realiza de forma sistemática), el femicidio, el robo con violencia o el asesinato delictual.

Es preocupante enterarnos que con mucha frecuencia nos rodea una peligrosa y estrecha mentalidad, que además pretende arrastrarnos una y otra vez al pasado, cuando el ritual del verdugo enseñaba con la muerte a obedecer la ley. Yo me pregunto, ¿Tan bajos aún somos que sólo aprendemos bajo la intimidación? ¿Para qué se supone que hemos instituido escuelas? Volver a la enseñanza cruel que imparte el verdugo afirmaría seriamente nuestro fracaso educacional y nuestra sumisión a poderes absolutos y arcaicos.

Esta relativización brutal de la vida no sólo alimenta más nuestras contradicciones y fracasos, sino que también se integra lentamente al discurso político decadente, cuyos personajes forman parte de un círculo de corrupción y populismo que impide cualquier proyección concreta para atender problemas o tensiones sociales, restringiéndolos a su aspecto más superficial e inmediato. Según esa lógica, el verdugo es necesario para hacerse cargo de las consecuencias de un mal social concreto, el criminal; dicho mal en él queda individualizado, completamente encarnado, por lo que se procede a su supresión. Pero, no obstante, este juicio nubla cualquier análisis crítico, ya que soslaya que si una persona se relaciona con la sociedad por medio de la violencia es porque reproduce la propia violencia con que la sociedad lo ha creado. 

Por un lado, la violencia opresora de la cultura machista, que por siglos hemos normalizado, se manifiesta individualmente bajo el femicida o el violador; sus contradicciones egoístas y posesivas suprimen la subjetividad de sus víctimas al imponerse por completo su deseo; sin embargo, dicho comportamiento, que es capaz de desear y ultrajar al mismo tiempo, no es una moralidad exclusivamente personal; más bien hemos reproducido incansablemente nociones y experiencias que alimentan la imposición y la coacción afectiva, que cela y restringe la libertad y la vida, casi de forma normada, de las mujeres. 

Por otro lado, vemos en el ladrón asesino la realización de un mal que soberanamente ha escogido, asumimos la completa culpa de sus actos. En los casos cuando el criminal pertenece a las clases sociales más bajas, opera un prejuicio clasista que impide desprender qué consecuencias trae vivir en la marginalidad y enajenación, de la discriminación, de la violencia y del empobrecimiento sistemático. Se nubla el juicio por entero. Impide ver que en este país no existen poblaciones pobres, sino empobrecidas, cuyos medios de vida han sido destruidos, cuyos entornos y medios ambientes han sido envenenados, cuyas riquezas son legalmente saqueadas por conglomerados empresariales que monopolizan y especulan hasta con nuestro alimento y útiles más básicos, forzándonos al trabajo explotador, humillante y bajo la competencia más absurda y egoísta.

Así, detrás del criminal se reproduce todo un sistema de valores corrupto, por lo que realmente él corresponde al último eslabón de una cadena de contradicciones sociales. ¿Qué tan dispuestos estamos a aceptar esta responsabilidad? Con la institucionalización de la muerte se puede suprimir, cortar al eslabón cada vez que aflora, pero la cadena permanece, el círculo vicioso que sostenemos continúa; como el sistema cancerígeno ramificado, cuya metástasis reproduce inevitablemente, por mucho que eliminemos sus células malignas. 

Entonces, no sólo la pena de muerte es una institución arcaica, sino también inútil. Cualquier pretensión de transformar nuestro comportamiento, nuestra moral y valores, con el fin de aliviar nuestras más arraigadas contradicciones, requiere un complejo esfuerzo educacional y una consciencia que parece oscurecerse cada vez más. El miedo irracional comienza a imperar en este retroceso estéril y sangriento, esta involución que desacredita la propia caracterización de nuestra especie, que osa calificarse como sabia. Qué ilusión absurda esa del sabio que condena sólo las consecuencias de un problema e invisibiliza sus causas. El populismo y el fascismo, por eso, propagan el embrutecimiento más abyecto, y que parece carcomer cada cierto tiempo a nuestras sociedades humanas. 

Por: Silvano Guerrero Montes

Foto portada: Amnistía Chile

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