Chile

“Carabineros o La Banalidad del Mal”

El 8 de noviembre de 2019, un agente de carabineros dejó ciego a Gustavo Gatica. Días después, otro agente le provoca el mismo daño a Fabiola Campillai. El 15 de noviembre, el general director de carabineros les había señalado a sus tropas que “tienen todo el apoyo de este general, y a nadie voy a dar de baja, aunque me obliguen”. Desde el estallido social a la fecha hay, además de varios muertos, 460 casos de víctimas con daño ocular debido al accionar de la policía. Finalmente, el pasado viernes 2 de octubre el fucionario Zamora lanzó a un joven al lecho del río Mapocho. Desde el gobierno y la derecha han señalado que éste es otro “lamentable hecho aislado”. Este mismo eufemismo se usó durante años para justificar las violaciones en Dictadura: “eran lamentables excesos”, y en muchos de ellos también participó activameente carabineros: Entre los más emblemáticos está el caso Degollados. Si a estos delitos de naturaleza criminal le sumamos el mega fraude de la institución (o Pacogate) por un monto que supera los 30.000 millones de pesos, estamos entonces ante una Asociación Ilícita Criminal amparada por el Gobierno de Chile.

Sin embargo, el problema con esta institución no partió con el gobierno de Piñera, ni siquiera con la Dictadura, y tenenos que remontarnos a sus orígenes para evidenciar que Carabineros nació podrido. Esta fuerza policíaca surge en 1927 del reagrupamiento de distintos servicios policiales, unos meses después de instaurada la Dictadura de Ibáñez del Campo, y su misión fue establecer un sistema de control y seguimiento de la población, es decir, era la policía política del dictador para mantener un férreo control represivo y así continuar en el poder, utilizando todos los medios a su alcance (torturas, crímenes, persecución política). Estas mismas prácticas serían una constante en Carabineros durante las siguientes décadas, llegando a sus mayores niveles de brutalidad e impunidad con la dictadura de Pinochet.

“Se debe investigar todo a fondo, caiga quien caiga”, esa es la frase cliché de los politicos a la hora de enfrentar denuncias que implican a carabineros, pero nunca logran nada en concreto, de hecho, vengo escuchando lo mismo desde el retorno de la Democracia, 30 años donde esta institución ha estado practicamente libre de la tutela civil. La oposición ha sido extremadamente temerosa, sino abiertamente cobarde, a la hora de alzar la voz para frenar la arbitrariedad de carabineros. Quizás se deba porque mientras estuvieron en el poder, tampoco le pusieron el cascabel al gato. Así, durante el ultimo gobierno de Bachelet no solo se militarizó el Wallmapu, violando los DDHH del pueblo mapuche, sino que, con la activa participación del subsecretario Mahmud Aleuy, se realizó el montaje de la Operación Huracán, instalando pruebas falsas. De esta forma, Carabineros ha sido funcional para toda la clase política, en desmedro de la seguridad del resto de la población.

¿Pero cómo entender esta naturalización de la violación de DDHH por parte de Carabineros? Al analizar la conducta inhumana de los nazis, la pensadora Hannah Arendt llegó a la conclusión que a éstos no los movía un odio particular en contra de los judíos, sino que eran simples burócratas de una máquina de exterminio, que cumplían su rol, y para ello hacían uso extremo de la violencia, por lo tanto, más que seguir a una ideología, seguían órdenes ciegamente. Lo mismo podríamos decir de Carabineros, quienes sin entender el fondo qué moviliza a los manifestantes, solo son parte del engranaje impulsado desde el gobierno para contener el malestar social, y para cumplir sus órdenes recurren a diferentes maniobras: disparar a los ojos, lanzar ácido, atropellar, lanzar gente desde un puente. Por lo tanto, la solución no pasa por descabezar a su actual jerarquía, ni por intervenirlos, (porque estos atroces actos son parte inherente de la institución desde sus orígenes), sino que crear una nueva organización desde cero, donde el respeto de los DDHH. y los valores democráticos sean parte integral de su doctrina.

Cristián Martínez Arriagada,

El 8 de noviembre de 2019, un agente de carabineros dejó ciego a Gustavo Gatica. Días después, otro agente le provoca el mismo daño a Fabiola Campillai. El 15 de noviembre, el general director de carabineros les había señalado a sus tropas que “tienen todo el apoyo de este general, y a nadie voy a dar de baja, aunque me obliguen”. Desde el estallido social a la fecha hay, además de varios muertos, 460 casos de víctimas con daño ocular debido al accionar de la policía. Finalmente, el pasado viernes 2 de octubre el fucionario Zamora lanzó a un joven al lecho del río Mapocho. Desde el gobierno y la derecha han señalado que éste es otro “lamentable hecho aislado”. Este mismo eufemismo se usó durante años para justificar las violaciones en Dictadura: “eran lamentables excesos”, y en muchos de ellos también participó activameente carabineros: Entre los más emblemáticos están el caso Quemados y el caso Degollados. Si a estos delitos de naturaleza criminal le sumamos el mega fraude de la institución (o Pacogate) por un monto que supera los 30.000 millones de pesos, estamos entonces ante una Asociación Ilícita Criminal amparada por el Gobierno de Chile.

Sin embargo, el problema con esta institución no partió con el gobierno de Piñera, ni siquiera con la Dictadura, y tenenos que remontarnos a sus orígenes para evidenciar que Carabineros nació podrido. Esta fuerza policíaca surge en 1927 del reagrupamiento de distintos servicios policiales, unos meses después de instaurada la Dictadura de Ibáñez del Campo, y su misión fue establecer un sistema de control y seguimiento de la población, es decir, era la policía política del dictador para mantener un férreo control represivo y así continuar en el poder, utilizando todos los medios a su alcance (torturas, crímenes, persecución política). Estas mismas prácticas serían una constante en Carabineros durante las siguientes décadas, llegando a sus mayores niveles de brutalidad e impunidad con la dictadura de Pinochet.

“Se debe investigar todo a fondo, caiga quien caiga”, esa es la frase cliché de los politicos a la hora de enfrentar denuncias que implican a carabineros, pero nunca logran nada en concreto, de hecho, vengo escuchando lo mismo desde el retorno de la Democracia, 30 años donde esta institución ha estado practicamente libre de la tutela civil. La oposición ha sido extremadamente temerosa, sino abiertamente cobarde, a la hora de alzar la voz para frenar la arbitrariedad de carabineros. Quizás se deba porque mientras estuvieron en el poder, tampoco le pusieron el cascabel al gato. Así, durante el ultimo gobierno de Bachelet no solo se militarizó el Wallmapu, violando los DDHH del pueblo mapuche, sino que, con la activa participación del subsecretario Mahmud Aleuy, se realizó el montaje de la Operación Huracán, instalando pruebas falsas. De esta forma, Carabineros ha sido funcional para toda la clase política, en desmedro de la seguridad del resto de la población.

¿Pero cómo entender esta naturalización de la violación de DDHH por parte de Carabineros? Al analizar la conducta inhumana de los nazis, la pensadora Hannah Arendt llegó a la conclusión que a éstos no los movía un odio particular en contra de los judíos, sino que eran simples burócratas de una máquina de exterminio, que cumplían su rol, y para ello hacían uso extremo de la violencia, por lo tanto, más que seguir a una ideología, seguían órdenes ciegamente. Lo mismo podríamos decir de Carabineros, quienes sin entender el fondo qué moviliza a los manifestantes, solo son parte del engranaje impulsado desde el gobierno para contener el malestar social, y para cumplir sus órdenes recurren a diferentes maniobras: disparar a los ojos, lanzar ácido, atropellar, lanzar gente desde un puente. Por lo tanto, la solución no pasa por descabezar a su actual jerarquía, ni por intervenirlos, (porque estos atroces actos son parte inherente de la institución desde sus orígenes), sino que crear una nueva organización desde cero, donde el respeto de los DDHH. y los valores democráticos sean parte integral de su doctrina.

Cristián Martínez Arriagada,

El 8 de noviembre de 2019, un agente de carabineros dejó ciego a Gustavo Gatica. Días después, otro agente le provoca el mismo daño a Fabiola Campillai. El 15 de noviembre, el general director de carabineros les había señalado a sus tropas que “tienen todo el apoyo de este general, y a nadie voy a dar de baja, aunque me obliguen”. Desde el estallido social a la fecha hay, además de varios muertos, 460 casos de víctimas con daño ocular debido al accionar de la policía. Finalmente, el pasado viernes 2 de octubre el fucionario Zamora lanzó a un joven al lecho del río Mapocho. Desde el gobierno y la derecha han señalado que éste es otro “lamentable hecho aislado”. Este mismo eufemismo se usó durante años para justificar las violaciones en Dictadura: “eran lamentables excesos”, y en muchos de ellos también participó activameente carabineros: Entre los más emblemáticos están el caso Quemados y el caso Degollados. Si a estos delitos de naturaleza criminal le sumamos el mega fraude de la institución (o Pacogate) por un monto que supera los 30.000 millones de pesos, estamos entonces ante una Asociación Ilícita Criminal amparada por el Gobierno de Chile.

Sin embargo, el problema con esta institución no partió con el gobierno de Piñera, ni siquiera con la Dictadura, y tenenos que remontarnos a sus orígenes para evidenciar que Carabineros nació podrido. Esta fuerza policíaca surge en 1927 del reagrupamiento de distintos servicios policiales, unos meses después de instaurada la Dictadura de Ibáñez del Campo, y su misión fue establecer un sistema de control y seguimiento de la población, es decir, era la policía política del dictador para mantener un férreo control represivo y así continuar en el poder, utilizando todos los medios a su alcance (torturas, crímenes, persecución política). Estas mismas prácticas serían una constante en Carabineros durante las siguientes décadas, llegando a sus mayores niveles de brutalidad e impunidad con la dictadura de Pinochet.

“Se debe investigar todo a fondo, caiga quien caiga”, esa es la frase cliché de los politicos a la hora de enfrentar denuncias que implican a carabineros, pero nunca logran nada en concreto, de hecho, vengo escuchando lo mismo desde el retorno de la Democracia, 30 años donde esta institución ha estado practicamente libre de la tutela civil. La oposición ha sido extremadamente temerosa, sino abiertamente cobarde, a la hora de alzar la voz para frenar la arbitrariedad de carabineros. Quizás se deba porque mientras estuvieron en el poder, tampoco le pusieron el cascabel al gato. Así, durante el ultimo gobierno de Bachelet no solo se militarizó el Wallmapu, violando los DDHH del pueblo mapuche, sino que, con la activa participación del subsecretario Mahmud Aleuy, se realizó el montaje de la Operación Huracán, instalando pruebas falsas. De esta forma, Carabineros ha sido funcional para toda la clase política, en desmedro de la seguridad del resto de la población.

¿Pero cómo entender esta naturalización de la violación de DDHH por parte de Carabineros? Al analizar la conducta inhumana de los nazis, la pensadora Hannah Arendt llegó a la conclusión que a éstos no los movía un odio particular en contra de los judíos, sino que eran simples burócratas de una máquina de exterminio, que cumplían su rol, y para ello hacían uso extremo de la violencia, por lo tanto, más que seguir a una ideología, seguían órdenes ciegamente. Lo mismo podríamos decir de Carabineros, quienes sin entender el fondo qué moviliza a los manifestantes, solo son parte del engranaje impulsado desde el gobierno para contener el malestar social, y para cumplir sus órdenes recurren a diferentes maniobras: disparar a los ojos, lanzar ácido, atropellar, lanzar gente desde un puente. Por lo tanto, la solución no pasa por descabezar a su actual jerarquía, ni por intervenirlos, (porque estos atroces actos son parte inherente de la institución desde sus orígenes), sino que crear una nueva organización desde cero, donde el respeto de los DDHH. y los valores democráticos sean parte integral de su doctrina.

Por Cristián Martínez Arriagada, Cientista Político

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