Chile

La convención constituyente secuestrada por los partidos políticos.

Son los chilenos de a pie y aquellos que han participado en las movilizaciones en todos sus frentes, los llamados a integrar la convención constituyente, pero la insistencia en poner cerrojo a la participación ciudadana nuevamente es un escollo a vencer.  

Ante la marea del apruebo que inundó el domingo las urnas y refrendó los cambios urgentes para un Chile nuevo y libertario, la clase política parece retirarse a trincheras más confortables e intentar salvar los muebles de un sistema que se hunde.

La defensa férrea ahora se focaliza en el cierre a los independientes de cara a la elección de diputados constituyentes el 11 de abril 2021, y desde ahí intentar manejar la construcción de la nueva constitución y por ende el próximo sistema político.

A modo de rehén y con amarre, la ley 21200 resguarda el monopolio directo y protagónico de los partidos políticos como actores centrales en la inscripción y promoción de los candidatos al interior de las listas a competir en la elección. A modo de consuelo la participación de independientes está asegurada, bajo la lógica de firmas en un porcentaje no menor y sin financiamiento alguno.

El método de D ´Hondt utilizado por nuestro sistema electoral, creado en 1878, favorece a los partidos grandes y se amplifica en las circunscripciones pequeñas y con barreras electorales como la inscripción de candidatos según porcentaje de votos y su relación en firmas.

Es decir un independiente puede participar como candidato a constituyente, pero su posibilidad de acuerdo a la ley actual de ser elegido es baja. En la práctica formar una lista de independientes con nueve candidatos (con menos se aumenta el riesgo y posibilidades de derrota) requiere un esfuerzo gigantesco, que ya para los partidos es soportable, pero que adicionalmente el financiamiento debe ser costeado por los candidatos sin retribución alguna. Si esa lista de independientes logra ser levantada, porcentualmente podrá promocionar a uno o dos diputados (en caso excepcional de alta votación), ya que en la práctica los candidatos compiten al interior de la lista entre sus candidatos.

En buenas cuentas un independiente que quiera participar y promocionar una candidatura debe golpear la puerta de un partido político y asumir el costo del favor. En la práctica el sistema actual dice: usted participe, pero déjele el trabajo grueso a los partidos políticos y véanos por alguna pantalla mientras nosotros resolvemos esto. La interrogante es porque no se utiliza un sistema diferente, ya que es una elección única y la finalidad político partidista se relativiza ante los diversos tópicos que la redacción de una constitución necesita desarrolla. Son los chilenos de a pie y aquellos que han participado en las movilizaciones en todos sus frentes, los llamados a integrar la convención constituyente, pero la insistencia en poner cerrojo a la participación ciudadana nuevamente es un escollo a vencer.  

Es interesante constatar que pese a la aplastante votación del domingo que despejó cualquier duda, los políticos sin distinción guardan silencio y algunos conspicuos incluso se permiten relativizar la inclusión de independientes, afirmando que no da para tanto el tema. Nuevamente nos vemos enfrentados a una encerrona de parte del sistema político actual que se resiste a morir. La nueva falacia discursiva de que los partidos políticos son necesarios y centrales para una democracia queda en entredicho. En el caso chileno las elecciones a las cuales se somete el ciudadano son muy espaciadas (no hay plebiscitos comunales ni nada por el estilo) y de varios niveles que complejiza por diversos factores y en el cual los partidos políticos son verdaderas agencias electorales que se articulan en años especiales.

Por otro lado, la rotación de un porcentaje de partidos que desaparece y se recicla es digna de considerar, y las ofertas electorales por tanto tienen una suerte de clientelismo en aquellos conglomerados grandes que sobreviven a cada evento, naturalmente alimentados en el estado con los cuadros que se mantienen latentes trabajando en él hasta la próxima elección.

Este cautiverio anquilosado del sistema no permite aire y renovación. ¿Y los independientes?. En un sistema de representación donde política se ejercerse verticalmente como una gerencia corporativa con todo un andamiaje de cuadros al servicio del partido, y una camarilla que da órdenes sin contrapeso alguno, es imposible en su esencia potenciar independientes, a menos que estén dispuestos a obedecer discursivamente y amparar el funcionamiento en zonas opacas de estas instituciones en la actualidad víctimas de la corrupción manifiesta.

Nuevamente un David contra Goliat que insiste majaderamente en perpetuar la inequidad, ahora desde un punto de vista electoral. Los partidos grandes se frotan las manos porque seguramente van a capitalizar la avalancha de elecciones que tienen ad portas, moviendo una maquinaria engrasada a la búsqueda del estado para un nuevo periodo. Siempre hay un mal olor en estas cosas, y el ciudadano desconfía con mucha razón, porque no hay métodos de control para el sistema político, se autoregulan y ese hecho ahorra comentarios, pero hoy la calle está atenta y sigue marchando. ¿Quién tiene la facultad de modificar la ley 21200? , saque sus conclusiones.

Por Ewald Meyer Monsalve- Blog Sabático del sur

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