Chile

“Eutanasia o el Derecho de Morir en Paz”

John Stuart Mill, uno de los padres del liberalismo político, señalaba que las personas tienen la libertad de hacer lo que deseen con sus vidas, siempre y cuando no afecten a terceros. El límite de la libertad individual se encuentra en las acciones que causen daños a terceros. En lo que no afecta a los demás, es preferable que se imponga la individualidad, pues nadie más que el propio individuo conoce qué es lo que le proporciona bienestar y felicidad.

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El tema de la eutanasia es sumamente interesante, pues pone en confrontación la libertad y la vida, valores de los que se ha apoderado maliciosamente la derecha .Según el Liberalismo propuesto por Stuart Mill, no habría nada de malo que alguien decidiera optar por poner fin a su vida si considera que ya no logra obtener bienestar, sino todo lo contrario, un sufrimiento insoportable. Es ahí donde saltan los pechoños fanáticos que señalan con sus argumentos bíblicos que nadie está por sobre la voluntad de Dios, y dicen que se si acepta la propuesta de eutanasia (que recién se está discutiendo en el Congreso), sería una forma de obligar a los adultos mayores o enfermos terminales a autoeliminarse, el mismo mañoso argumento que dijeron respecto del divorcio y el aborto (se iba a acabar la familia, se iba a acabar la teletón por falta de niños minusválidos).

La ignorancia y pequeñez moral de estos sujetos, aferrados a sus oscuros credos no facilita para nada la discusión de un tema tan relevante. Eutanasia significa “la Buena Muerte”, y es un procedimiento voluntario, intencionado y consciente para acelerar la muerte de un paciente de algún padecimiento incurable, a solicitud consciente y deliberada del enfermo o familiares, quienes le solicitan al médico que la realice para así dar fin con el sufrimiento intolerable e intratable. Acá el problema es cómo conciliar el derecho del paciente y su libertad individual con la arrogancia que muchas veces manifiestan los cuerpos médicos que tratan de prolongar inútilmente la vida de las personas por vías artificiales, que terminan siendo dolorosas y costosas para las familias y deudos.

Las voces conservadoras señalan que la eutanasia sería una contradicción en sí misma, pues apela a la autonomía individual de querer terminar con la vida y, al mismo tiempo exige que el Estado se haga cargo de aquel problema. Son los mismos que dicen que existirían paliativos para sortear los dolores del cuerpo, como si todo fuera un asunto de voluntad personal y pócimas médicas mágicas.

El dolor y la enfermedad son asuntos tan personales que los arrogantes conservadores harían bien en guardar un discreto silencio antes de omitir sus opiniones desde sus púlpitos. Ellos consideran que quienes están a favor de la eutanasia serían “anti-Vida”, pero así como nadie debiera imponernos una forma de vivir (de vestir, de amar, de estudiar, de leer, etc), tampoco nadie debiera imponernos una forma exclusiva de morir. Si podemos deliberar racionalmente sobre todos los aspectos de nuestra existencia ¿Perdemos acaso esa facultad al momento de enfermarnos gravemente o de estar agónicos? Todos tenemos fecha de caducidad, pero no todos tenemos la fe o la vocación de mártir como para sufrir dolores indecibles durante nuestros últimos años de vida. Algunos torpes han dicho que no sería necesario legislar porque siempre estaría la opción de suicidarse, ¿pero que ocurre entonces con un tetrapléjico, o que por distintas razones no se puede mover? ¿Quién se hacer cargo entonces de aquello si no es el Estado? Así como en la Constitución está garantizado el derecho a la vida y a la integridad física y síquica de la persona, creo que es sumamente necesario que también esté consagrado el “Derecho a Morir en Paz y en Dignidad”.

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Por Cristián Martínez Arriagada, Cientista Político

Foto Portada: Twitter @ceciliaheyder

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