Chile

LA 26 DE ENERO, UNA TOMA QUE PERDURA EN LAS LUCHAS DEL PRESENTE

Estando en Santiago, llegué por primera vez a la Población La Bandera en semana santa del año 1977, un territorio popular que se extendía desde el paradero 26 hasta el paradero 29 de la Avenida Santa Rosa y desde esta misma avenida ubicada en el oriente, hasta la calle San Francisco, colindante con la Comuna de La Cisterna que
daba al poniente. Cuatro sectores vecinales y se sumaban dos campamentos que limitaban con la Avenida Santa
Rosa. Estos cuatro sectores, en esos años de Dictadura, estaban separados por sitios eriazos en manos de la Dirección General de Deportes y Recreación (DIGEDER). Fui acogido por Misioneros católicos, que sabían que había sido liberado del campo de prisioneros políticos de Tres Alamos, y la casa que compartíamos se ubicaba en
el pasaje Aurora de Chile del tercer sector, entre las calles Libertad e Independencia, lo que resultaba muy irónico
y simbólico al mismo tiempo.

En esta casa se realizaron los primeros encuentros de vecinos que al poco tiempo se constituirían en una Comunidad Eclesial de Base, como se le llamaba a estas asambleas del catolicismo, pero que sus miembros llamaban Comunidades Cristianas Populares. A dos meses de estar viviendo con los misioneros, participé de reuniones de vecinos del Primer Sector de la La Bandera, la mayoría eran mujeres de entre 30 y más de 50 años, de este grupo dos de los hombres eran profesores de educación básica, la pareja de uno era psicóloga y la del otro, una estudiante de Trabajo Social de la Universidad Católica, uno de los vecinos era obrero de la construcción y las otras mujeres, algunas empleadas domésticas y las demás eran dueñas de casa. De esos varios encuentros, me llama la atención los temas que les unían y les hacían parte de esa comunidad: el hambre, la cesantía y las deudas de agua, luz y dividendos, eran el drama de sus vecinos.

En una ocasión, en que ya habían acordado compartir la once, como expresión de fraternidad, me llamó poderosamente la atención una de las mujeres, se trataba de una vecina de rostro vivaz y chispeante, se le conocía por ser chistosa y franca de lenguaje. Delgada, canosa, con varios de sus dientes menos, un rostro surcado de arrugas, pero de una energía muy potente, ella estaba refiriéndose a la situación económica. Cautivó mi atención, porque exponía los hechos con una retórica limpia y convincente. Escuchar su lenguaje ordenado, casi poético, produjo en mí una suerte de corriente por mis brazos y espalda.

Los Misioneros la miraban con agrado y asombro y sus vecinos escuchaban sus palabras con asentimiento. A los días después, comentamos con algunos del grupo sobre esa intervención, lo que oí me llenó de una inusitada alegría. Su vecina nos dijo: la Raca llegó con la Toma La 26 de Enero, esa gente tenía muy buena preparación y fueron muy luchadores, casi la mayoría eran simpatizantes del MIR. Y agregó: en esa toma estuvo el Víctor Toro y una dirigenta que la llamaban “La Pelusa”.

Sin buscar saberlo, esa conversación me dio luces de cómo y con quién comenzar la tarea que justificaba mi presencia en esa población: reconstruir el MIR. Descubrí que la Raca, no me tenía simpatía y la razón era porque suponía que yo, por vivir en una casa con misioneros, me estaba preparando para el sacerdocio y para ella, eso significaba desperdiciar la juventud y la vida. Cuando la visité para hablar sobre el tema, no fui recibido con agrado, esa vez tuve que insistir para lograr que me hiciera pasar a su casa. Su gesto fue de desconfianza y molestia, a pesar de la incomodidad, sentí que no debía irme sin hablar con ella acerca del motivo de mi visita. Me hizo pasar, creo que para no tener un distanciamiento con los curas.


Me costo iniciar la conversación dada su mirada seria y de evidente molestia. Con cuidado y delicadeza le confesé que era un ex preso político y que había estado preso con el Melinka -con ese nombre ellos conocían a Victor Toro- que yo había llegado a La Bandera para reorganizar el partido y necesitaba su ayuda y apoyo. Vi como sus pequeños ojos se agrandaban y en su rostro se dibujaba una mueca de asombro, se puso de pie, limpió con torpeza restos de harina que tenía en sus manos, pues antes de que llegara estaba amasando para hacer pan. Yo no podía explicarme lo que le currió, me dijo que la esperara y caminó hacia las habitaciones interiores, no demoró en volver y trajo en sus manos una cajetilla de cigarrillos y una cajita de fósforos. Asoma algunos cigarrillos y me ofrece, yo acepto y ella saca otro, enseguida chispea un fósforo y enciende mi cigarrillo y el de ella, se sienta nuevamente, me mira fijamente con seriedad y yo temiendo lo peor, me acomodo en el asiento para escucharla.

La vieja Raca se gira hacia la ventana que da a la calle y con su brazo extendido me la indica y lo que escucho, hasta hoy me llena de una profunda emoción. Me dice “Yo muchas veces miro hacia la calle por esa ventana, y siempre espero ver pasar a Miguel.”

No supe qué decir y mientras fumábamos y expulsábamos el humo, se iba disipando su desconfianza. Luego de un rato me pregunta “¿Te trataron muy mal estos malditos?” Hice un gesto de afirmación, pero sin hablar, entonces agregó «Bueno, al parecer nuestro Jefe hizo su pasá.” Me invitó a tomar once con pan amasado, esa tarde conocí a su compañero Mario, a sus hijas e hijo, a algunas de sus nietas y salí de ese hogar proletario con el corazón engrandecido. Tres semanas más tarde nos juntamos en su casa y de allí, con aire conspirativo me llevó a una casa cercana a la suya. Golpeó la puerta y al abrir se asomó una mujer bajita, muy peinada y terminando su pelo en un tomate. Me la presentó, me saluda con mucho respeto y me dice “Pase compañero” al entrar veo sentadita tranquilamente al fondo de esa habitación, a una pequeña y muy hermosa niña como de 9 o 10 años, y cerca suyo a otra mujer cercana a los 30 años. La saludo y me responde “Mucho gusto compañero”. Una vez estando todos sentados, la vieja Raca me las presenta más formalmente “Ella es la dueña de casa, María Tapia, le decimos la Tela, y ella, dirigiéndose a la otra persona, es Maria Barria.” La Tela, se levantó de su asiento y se dirigió hacia donde estaba la niñita y me dice “Ella es la Emita, mi guagua”. Me acerqué y la saludé acariciando su pequeño rostro, me miró y me sonrió. Ese día, esas tres mujeres de la Toma 26 de Enero, dieron inicio al segundo periodo de presencia revolucionaria del MIR en la población La Bandera. Ellas conformaron la primera base de militantes, que levantarían de nuevo en ese territorio, las banderas rojinegras de la Revolución Socialista.

Un sentido homenaje a mis queridas camaradas,
Miristas de pie a cabeza y dignas hijas del pueblo.
A la “vieja” Raca, a la Tela y a la Maria Barria.

Por Reinaldo Troncoso, publicado en Revista ConoSur

1 reply »

Deja un comentario