Chile

Eufonías, diptongos y otras silepsis

Luis Casado sostiene que la perversión de la lengua transforma el idioma en herramienta de dominación y cortina de humo para esconder la realidad. Sin contar que la estructura de referencias comunes que permite compartir una lengua no garantiza que todos comprendan del mismo modo. De la dificultad de escribir y de la aún peor dificultad de leer.

El duro aprendizaje de la gramática castellana no figura entre los mejores recuerdos que conservo de mi paso por la enseñanza secundaria. Las ciencias me atrajeron siempre y, de chamaco, la Física, la Química Orgánica y las Matemáticas fueron mis preferidas. Lo que no me impidió seguir las clases de Castellano cual obligado calvario, en modo tal que Asíndeton, Polisíndeton, Anáfora e Hipérbaton entraron de algún modo en mi cafetera, nutriendo una natural inclinación al onanista placer de la literatura y la poesía. La métrica, ¿te dice algo la métrica?, después del calvario, la cruz.

Leer a los monstruos de la literatura es terriblemente disuasivo a la hora de ponerse a escribir. Basta con un par de versos de Calderón de la Barca, o bien de Antonio Machado o Miguel Hernández, para no hablar de la prosa de Cervantes, de García Márquez y tantos otros, para desanimar al más pintado.

No obstante, una tarde del invierno de 1980, en Gif-sur-Yvette, la bibliotecaria del CESI me dateó: “Tienes que leer a Cavanna”, me dijo, alargándome Les Ritals. De ahí en adelante leí todo lo que publicó Cavanna, incluyendo su obra de despedida, publicada poco antes de su muerte (2014) acaecida en el mismo hospital en el que a mí me devolvieron a la vida.

Cavanna tiene en común con Céline y Frédéric Dard el haber inventado un lenguaje propio y escribir como quien conversa, bate um papochiacchiera o tchatche, para que me entiendas. Ahí comprendí que podía escribir a condición de respetar una regla esencial: no tomarme en serio.

La poesía, por el contrario, es otra cosa. Digo poesía, no rimas ni madrigales de payadores. El propio Armando Uribe –con una infinita modestia– aclaró alguna vez que él apenas escribía versos, lo que sin duda le engrandece.

La lectura, por el contrario, parece fácil pero es peligrosa. Ya verás. Siendo niño devoré el Martín Fierro de José Hernández, y ahora leo la sabrosa Lira Popular de mi amigo Jorge Lillo. Pleno de sana envidia, me vinieron inconfesables ganas de garrapatear algunas rimas. Un pana cantautor –más canta que autor– me hizo cometer lo imperdonable: parir unas cuantas, mantenidas en estricta reserva de clandestinidad, si exceptuamos un par de cercanas almas indulgentes.

Foto portada: proyecto relatos viajeros

Sin más ambición que la de compartir la frívola levedad de mi desliz, le envié a un grupo de patriotas unas rimas inspiradas por una noticia difundida en Santiago: “Registro Civil acata fallo de la justicia: Di Giammarino y De Ramón son oficialmente madres de Attilio tras histórica sentencia.”

Las trece sextinas generaron reacciones de sorprendente variedad y talante: justas observaciones relativas a la métrica, inquietantes dudas sobre el contenido del mensaje, desorientados juicios en cuanto al tema de fondo, así como declaraciones solemnes y agresivas en plan tonto grave, virgen primeriza, protector del cretinismo, púdico del orto y adalid de la diversidad tirística, amén de quienes leyeron las rimas como lo que son: una frívola reflexión en plan cachondeo de la inconsecuencia jurídica que consiste en limpiarse el culo con la noción de filiación cuya solera es milenaria.

La Historia está poblada de guerras provocadas por el irrespeto de la filiación, las monarquías se suceden en el trono en función de la filiación, la transmisión del patrimonio –sobre todo de los grandes patrimonios– reposa en la filiación, hay algún Estado confesional cuya mera existencia descansa en la filiación que determina la pertenencia a una religión.

A mis ojos, en el país del Sename, en el que no es posible hablar de derechos ciudadanos sin soltar una carcajada, una decisión de Justicia confundió la noción de filiación con un pinche mingitorio. No. Que dos mujeres se amen no es el tema. Que críen juntas no es el tema. La homosexualidad no es el tema. El tema es la filiación, o sea la relación de parentesco entre padres e hijos. En un país que proclama alto y fuerte que la familia constituye el núcleo fundamental de la sociedad, sorprende que un Juez, –o un tribunal, tanto da–, haga de la noción de filiación lo que le sale de los cojones.

Concluí en lo que ya sabía: diez personas que leen el mismo texto no leen el mismo texto. Cada cual connota en distinto modo, y hay quien, al descifrar una palabra, queda ciego u obnubilado con relación al resto. Sin mencionar que la comprensión de un texto está supeditada a las referencias morales e intelectuales de cada cual, a su conocimiento de la etimología y la semántica de las palabras utilizadas, al contexto en que vive, al momento anímico en que lee, etc.

Pensé en la infinita variedad de interpretaciones que debe haber provocado la Ética de Spinoza o, sin ir más lejos, cualquier texto de Nietzsche, autores que no se caracterizan por ser fácilmente accesibles.

Ya ves, la lectura no es tan fácil como parece, y puede ser peligrosa. Lo cual me llevó a recordar los recursos estilísticos de la literatura, o de la simple escritura, lecciones recibidas hace ya unos sesenta años de la paciencia y dedicación de mi profesora de Castellano, prometiéndome usarlas asiduamente para evitar confusiones y darle a mis escritos la claridad del agua de roca: tales virguerías tienen por objeto estructurar el lenguaje en modo de hacerlo accesible y placentero a los más, en el marco de reglas comunes que impiden el desvío hacia Babel.

Dizque para facilitarnos la vida, los recursos estilísticos han sido clasificados –con los méritos y deméritos que acompañan las clasificaciones– en recursos fónicos, morfosintácticos y semánticos.

Al escribir su Égloga III, Garcilaso de la Vega utilizó un recurso fónico, con una aliteración que genera suavidad y belleza, eufonía:

“En el silencio sólo se ‘scuchaba un susurro de abejas que sonaba…”

En El cerco de Numancia, Miguel de Cervantes hace uso de la sinonimia, recurso morfosintáctico de amplia variedad: contextual, conceptual, referencial, total, parcial, de connotación, absoluta…

Pérfidos, desleales, fementidos,
crueles, revoltosos y tiranos:
cobardes, codiciosos, malnacidos,
pertinaces, feroces y villanos;
adúlteros, infames, conocidos
por de industriosas, mas cobardes manos.

Al entrar en el vasto dominio de la semántica, tocamos un sensible tema que hace algunos años me llevó a cometer un libro de filología primaria: Lingua Comoediae Chilensis, en el cual describo la perversión de la jerga que se habla en Santiago, en la cual el contenido semántico sale sobrando: significante y significado sirven de lo que la pudicia local llama papel tissue, y que yo conocía desde niño como papel p’al culo.

Grandes autores han aportado valor semántico a muchas palabras, y además han creado miles, con el loable propósito de ampliar el ámbito de lo que nos es inteligible. Muy lejos, no hace falta decirlo, de patochadas como “empoderar”, «controversial” y “en situación de calle”.

Rafael Alberti es el demiurgo de lo que sigue:

El diablo liebre,
fiebre,
notiebre,
sepilitiebre,
y su
comitiva,
chiva,
estiva,
silipitriva,
cala,
empala,
desala,
traspala,
apuñala
con su
lavativa.

Lo que acabas de leer recibe el adorable apelativo de Jitanjáfora, definida como “un texto sin significado pero con gran valor estético por su eufonía y el poder evocador de sus palabras, reales o inventadas”.

Personalmente rechazo taxativamente lo de “sin significado”, visto que el desmadre de actividad neuronal provocado por la lectura de estas joyitas aporta semántica a puñados. Si no me crees, usa lo que te queda de trifosfato de adenosina y lee, alma impía, un centelleante fragmento del capítulo 68 de Rayuela, obra maestra del genial Julio Cortázar:

Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente su orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, las esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé!

Si no has comprendido nada, si la lectura te provocó una dermitis seborreica atópica, o reacciones en plan tonto grave, virgen primeriza, protector del cretinismo, púdico del orto o adalid de la diversidad tirística… no tienes remedio.

Razón que me lleva –muy a pesar mío– a posponer sine die la descripción y buen uso de eufonías, diptongos y otras silepsis.

Por Luis Casado, enviando por diario electrónico POLITIKA

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