Lectura de Playa

Derrame en estado vegetal o penurias de obrero

Ocurrió un día de verano, muy por el contrario de lo que ciertos paradigmas hablan de noches lúgubres de invierno, con algo indefinido silbando desde de la oscuridad.

No sin estremecimiento interno, procuro redactar con pulso sereno y sosegado, lo que a continuación debo, creo, necesito volcarme de adentros.
Temo en ello, que las líneas de estos trazos sobrepasen ciertos límites de sensibilidades que no quiero perturbar, pero el recuerdo de aquel día terrible, flota de alguna manera siniestra, no sólo en mi mente, sino en mi cuerpo todo.

Ocurrió un día de verano, muy por el contrario de lo que ciertos paradigmas hablan de noches lúgubres de invierno, con algo indefinido silbando desde de la oscuridad.
Trabajaba en ese entonces en la compañía de teléfonos. Realizaba instalaciones a domicilio, para la mencionada entidad. Éramos dos instaladores que nos movilizábamos en una camioneta para tales efectos.
Fue un espeluznante mediodía que comenzamos a trabajar en cierto sector de nombre que mantengo en el anonimato, a razón de proteger ciertas sensibilidades, que llaman al concurso de mis esfuerzos más estoicos.
El inmueble era la última casa, de un pasaje sin salida. Desde ya, tenebroso.
Una vez allí, llamamos a la puerta y expusimos el motivo de nuestra visita. Nos atendió una mujer entrada ya en años. Nos recibió como a héroes. En aquellos tiempos, el contar con teléfono residencial, era signo de superación económica y aprobación social.
La vivienda era humilde de formas y alfombras. De una mirada rápida, había una cocina, baño, un dormitorio, creo, comedor y un patio pequeño, pero acogedor.
Presentadas nuestras cartas de recomendación, nos pusimos de acuerdo con mi socio, en cómo nos dividiríamos el trabajo. Mi compañero haría la instalación dentro de la casa y yo haría lo que se necesitaba en el poste del alumbrado público en el exterior.

Con el paso de los años puedo vislumbrar el extraño escenario con el cual nos topamos aquella vez. No pudimos entrar con el vehículo hasta el fondo del pasaje, porque la compañía de aguas y alcantarillados, como era su costumbre estival, incrementaba las reparaciones y operaciones en terreno. Aquella vez, por uno de los costados de la callejuela, tenían cavadas unas largas trincheras que abarcaban la totalidad de la extensión del pasaje.
Extrañamente, no había un solo obrero en las zanjas a tajo abierto. Grandes hoyos alargados con montículos de tierra fresca como lomo de olas barrosas, se observaban.
En la esquina del callejón, como a diez casas donde se iba a realizar nuestra labor, se ubicaba el poste telefónico que albergaba en su mollera metálica, los contactos y coordenadas eléctricas para hacer funcionar el aparato telefónico.
En nuestra tarea de alcanzar el poste, usábamos una gran escalera metálica, que parecía robada de un circo o de un acto de trapecistas o funambulistas intrépidos. Sin embargo, igual de larga, lo era de pesada e incómoda.
En lo personal, a mí se me hacía más pesada a esas horas en que, por razones económicas, mi cuerpo no había probado bocado alguno. Más allá de un humilde panecillo de esperanzas, al pensar que esa misma tarde era día de pago.
Un momento fraguado de pausas exasperantes, cercaba los perímetros. Cierta tranquilidad acurrucada sobre los bordes de los contornos oteaba en rededor. Eso creí, eso pensé. Como de muertes en ciernes, como de ríos de sangre brotando de los hoyos cavados, como de algo extraño colgado y balanceándose invisible, sobre el ambiente.
El hambre, la escalera y yo avanzamos decididos hacia el mástil de energías adosadas. Pero, como un tierno estorbo, entre la escalera, el poste y yo, aparecía majestuoso un ciruelo frondoso. Tan tupido era el árbol que desobedeciendo cualquier reglamentación humana, se había metido por casi todos los recovecos de la columna de cemento erguida, donde yo debía trabajar. Más que ciruelo era vid penetrante, enredadera incrustada sobre todo lo que estuviera a su paso.
Observé la situación, bajé desde mi puesto, fui hacia la camioneta en la que nos movilizábamos, y extraje una segueta que portábamos, para este tipo de situaciones. Volví a mi lugar de trabajo, subí los peldaños lentamente hacia el cielo. Corté una pequeña rama que entorpecía mi paso, después corté otra, después un brote, luego otro y me afané en algo que quizás, era innecesario del todo.

A ratos miraba hacia abajo y veía el lecho de ramas verdes que mi mano, el serrucho y yo, habíamos fabricado. Yo laboraba con cierto desgano, no portaba un duro en los bolsillos, sólo hambre y una sensación desagradable en el estómago.
Un cigarrillo, estratégicamente escondido entre mis ropas, sería cantimplora salvadora a la hora del almuerzo, intentando engañar las tripas.
Iba cortando las ramas, avanzaba de podas y en un momento, mis ojos me avisan de algo de rosada ovalada bella existencia sobre unas hojas. Agudizo la vista y me derroco de sorpresas al darme cuenta que estoy en presencia de una de las más bellas ciruelas que haya visto en mi vida. De medidas casi parecidas a un durazno lozano, de un color de sandía crujiente, de piel que parecía suave como la de una manzana acicalada.
Aquello fue como un fruto prohibido colgando de una rama, llamándome. Luego, veo otra ciruela de la misma forma, de símiles contornos y caigo en la cuenta que estoy rodeado de un harem de ciruelas rosadas, todas guiñándome un ojo. Me sentí afortunado. Misteriosas son las formas en que ciertas deidades naturales alimentan al hambriento, aún en los peores momentos, reflexioné.
Con suavidad acerqué mi mano a una ciruela elegida, cerré los ojos y sentí su caricia sobre mis yemas. Hubo un breve preludio de segundos petrificados, para luego, con mano firme, arrancarla de su nido de clorofila.
Entonces, fui acercando mis labios a su cuerpo suave, lentamente, pero es en el trayecto, entre la rama y mi boca, que me voy enterando que la temperatura corporal de su estructura vegetal, tiene la temperatura un tanto subida de tonos. Demasiado para mi gusto, exagerado frenesí para un hombre sencillo de modales esquivos como es mi persona.
Me quedé con la ciruela en la palma de la mano y es ahí que se desató una reunión de emergencia entre mi cerebro y mi estómago. Debaten acerca de la situación que se ha presentado.
La ciruela baja su mirada en forma tímida. Yo seco el sudor de mi frente con mi otra mano, mientras hago el equilibro preciso apoyado sobre la escalera y las ramas, esperando el veredicto.
El cerebro fundamenta en forma docta y brillante su punto de vista: “es una reverenda fruta sicalíptica, prohibida” Yo escucho y miro atento su exposición, mientras me como las uñas.
Pero es desoído y vilipendiado por mi estómago y su pandilla de órganos déspotas y sonoros. Y en ese tipo de temas, yo no cuestiono, sólo obedezco. Tuve que acatar la decisión.

Entonces muerdo la ciruela con cuidado y un claro tibio néctar coloidal aparece por doquier. Empujo con los dedos haca mi boca, algo de ese líquido que ha fluido hasta mi mentón. Bastante caliente está su contenido, no tibio. Creo recordar que en algunos lugares, la gente come ciruelas asadas. Imagino que será algo parecido.
El sabor es una mezcla de almíbar, de un maná exquisito que endulza toda mi boca, mi garganta. Los órganos rebeldes, elevan sus manos hacia arriba, como una multitud enardecida, saboreando las gotas y el cuerpo sonrosado de esta ciruela sacrificada, que cae cual cascada de vitaminas invisibles.
El sabor es tan exquisito que arranco otra, y otra más, hasta que el hambre y más de una docena de ciruelas, han desaparecido. Todo vestigio de hambre o de estadios famélicos son sólo recuerdos.
Las hojas de los árboles son verdes, las flores tienen colores, el cielo es azul y un regocijo me invade al saber que he tenido semejante suerte.
Termino de limpiar la zona en la cual haré la conexión y bajo a celebrar lo ocurrido.
Apoyo el serrucho contra el tronco del verdal. El ecuador del día me timbra la mirada. Desenvaino mi cigarrillo escondido, me tomo todo el tiempo del mundo, hasta encenderlo y en un ritual de placeres atrasados lo voy fumando pausadamente. Me quedo sentado en uno de los primeros peldaños de la escalera. Medito acerca de muchas cosas, para concluir que la vida no es tan mala después de todo.
Al parecer, mi compañero ha terminado de realizar las instalaciones internas que son menester para el correcto y probo establecimiento del aparto que aguarda. Lo puedo divisar allá al fondo del pasaje mirando en mi dirección, para acto seguido elevar su gordo metacarpo hacia el cielo. La fase uno está completa, sólo falta mi parte. En gesto amable, también elevo mi pulgar hacia el cielo.
Subo tranquilamente hacia la caja metálica que reposa en la cima del poste. Voy a mitad de camino cuando veo a mí colega viniendo hacia mí. Lo espero a mitad de la escalera. Él camina con paso sereno, el sol, pienso yo, el sol, tiende a dividir las moléculas, modificando los cuerpos en tonos de laxitud.
Se detiene a un costado de la escalera. Me mira hacia arriba con cierto reparo, debido a la luz que emana, no de mí, sino del astro mayor.
-Llamaron de la compañía. El teléfono que instalamos ayer, mantiene un tono ocupado todo el tiempo. Debe ser algún cable suelto. Voy y lo arreglo en el acto. ¿Te parece?
-Claro, asentí, ve. Yo termino esto.
-No me demoro nada exclamó, y volvió a levantar su pulgar.
Yo preferí mantener mis pulgares adosados a la escalera.
Dos tuercas que no se pueden tocar al mismo tiempo traen la señal envuelta en sus roscas.
Presiono con suavidad y giro una de ellas hacia la derecha. No sé por qué en ese momento levanto mi vista y miro en lejanía. A lo lejos se ve una nube inmensa que pasta tranquila sobre ciertos cerros, que de pequeños al ojo, más parecen montículos de forraje tendido. Me quedo pensando en la postal que se dibuja en la lejanía. Me quedo absorto, como expectante, como colgado de algo incierto, que no es la escalera ni el árbol. No logro dar a qué se debe esa sensación extraña que me invade.
Con brazos lacios, vuelvo a mis deberes. Giro la siguiente tuerca con experticia, pero al mismo tiempo algo también gira dentro de mí. Tomo el movimiento con la mayor seriedad. Detengo la acción inmediatamente. Se paraliza mi pupila en un punto indeterminado del ramaje. Ese sonido indescriptible que precede los terremotos, los maremotos, las tragedias más desoladoras creo oír.
Aprieto con fuerza la pinza en mis manos. Me aflora un rictus seco y serio en las mejillas.
Siento como mis manos se siguen tensando contra las pinzas, como un acto repetido de lo que me ocurre en el estómago. El ombligo gira sobre su eje, esto no está bien, me digo. Aquella rotación umbilical, es claro botón de alarma. Se rompen las poleas que mantienen el ritmo de mi corazón. La respiración comienza a ladrarme dentro de la boca. Me sereno. Intento ventilarme, la respiración ya no ladra, ahora muge en forma clara. Pienso lo peor. La venganza del ciruelo se ha cernido sobre mí. Corté y corté ramas, quizás muchas innecesarias. El miedo borra el ambiente y estoy enganchado a una escalera desagradablemente larga, adosado a un árbol vengativo y quizás hasta diabólico. Ahora entiendo qué era aquello que colgaba en el ambiente. Como un ahorcado con sus propias tripas hambrientas, como un sino de intestinos libertinos.

Mi cabeza ordena las piezas del terreno de guerra, que adivino, vendrá. Las cavilaciones comienzan a realizarme ciertas preguntas de inventarios necesarios, pero soy atacado por la espalda o mejor dicho un poco más abajo de la espalda. Abro la boca con los dientes apretados, me quedo clavado a la escalera, tenso, pero más tenso las nalgas hacia delante. El movimiento pélvico se me queda pegado a un costado de la escalera, no puedo moverme. Me imagino un siniestro médico brujo oculto, retorciendo un muñeco miserable con mi cara de suplicio pegada al monigote. No alcanzo a seguir imaginándome cosas porque un retorcijón traicionero me clava un puñal en el costado, y me revuelve las entrañas buscando provocarme más dolor.
Las fuerzas me abandonan, los músculos abandonan el barco óseo que me arriendan. Con la boca cerrada mis cuerdas vocales emiten señales de un auxilio, de un socorro cavernario, que sabe, no vendrá.
Creo que puedo ver como mi panza es una olla que hierve y veo las burbujas que hunden y sacan sus cabezas redondas a la superficie, como en un baile absurdo que tendrá un final de ponches derramados sobre el piso.
Otra estocada, mi gruñido herido es sonido letal que levanta una avalancha, un aluvión que no puedo ver, pero lo puedo presentir muy claramente y de sólo imaginarlo, me viene como un ataque de pánico.
Y en un acto de bombero suicida, coloco mis dos pies a los costados exteriores de la escalera y usando las plantas como soporte, me tiro hacia el abismo, hacia al infierno de los lamentos muy internos. Bajo como un rayo sujetado con todas las extremidades.
De manos quemadas y de zapatos con olor a goma quemada, en menos de un segundo llegué a tierra. Un cólico traicionero me da una patada a modo de bienvenida, en plena boca del estómago y me rompe los dientes del diafragma que clama y llora conmigo e histérico salgo corriendo hacia la casa que está allá al fondo y muy, muy lejana, y a medio camino, los retorcijones son tantos que me arrojo como un zooldado salvaje hacia las trincheras. Y en un acto desesperado, sin importarme absolutamente nada, no de la forma más rápida que debió haber sido ejecutado, me bajo los pantalones a la intemperie. Ahí, a media cuadra, a medio día, en medio del escenario, con media callejuela de testigo.

Y en el salto arrojado, creo que me he dañado la pierna contra una afilada tubería y creo sentir como la sangre me brota alborotada, tibia y sonora. Y es cuando pienso aquello de ¿“sonora”? que me doy cuenta que no es sangre, ni estambre carmesí que orne elegantemente mi leyenda, en caso que no salga vivo de esta trinchera de vergüenzas líquidas.
Este no es el infierno, esto tiene que ser el purgatorio, porque esto no es sino el fruto del medio kilo de purgante a la vena que me inyecté con los dientes.
Y me arrastro. Arrastro mi condición humana por entre las zanjas, como un mutante exiliado, agazapado como una culebra coja. Me las ingenio para irme subiendo los pantalones e ir avanzando en cuatro patas como una lagartija de cola cortada y corto es el camino, breves son las trincheras, para un cuadrúpedo en tales aprietos. En cosa de segundos, salgo de una de las últimas zanjas y con los pantalones a media hasta, logro escabullirme en la casa que atendemos.
Noto en forma clara que la mujer está en la cocina lavando o preparando algo. Con rapidez y suspicacia me meto de una sola vez al baño.
Me quedo paralizado, me doy cuenta que aún tengo las tenazas en las manos.
-Hola, alo, ¿joven, es usted? ¿Alo, quién está ahí?-
Su pregunta me agranda los ojos, se me encoge la cara.
Con voz fingida le respondo en forma clara: -Soy de la compañía de teléfonos señora, tenía que pasar al baño. No sabía dónde estaba usted-.
-Claro, claro, no se preocupe. Por favor, adelante joven-
Una pausa de oro. Reviso todo con la vista. Una toalla impecablemente blanca cuelga en la pared. No hay papel higiénico, esto es lo malo de trabajar para gente pobre. Cepillos de dientes, un jabón a punto de sucumbir…
Un nuevo ataque me sienta en la taza en fracción de segundo. Una de las últimas explosiones suena agigantada debido a la acústica del baño. Rápido tiro la cadena, doy el agua de la canica, intentando generar un ruido que enmascare las agresiones, del ciruelo que se debe estar riendo junto al viento. Ni la cadena del baño, ni la canica del agua generan ruido alguno.
Me aferro a la esperanza de que al parecer, el efecto laxante y mercenario de las ciruelas se haya llevado todo a su paso y que el saqueo haya cesado.
Me reviso. Muy a pesar de mí mediano normal elegante talante, estoy, y no es fácil decirlo, pero ante tanta evidencia, estoy todo cagado. No sé cómo me embadurné la camiseta de la empresa, los calcetines, los zapatos. Me miro al espejo y realmente espero que esa mancha que tengo en el cuello sea de nacimiento y no lo había notado.
Alguien que me despierte por favor. Porque aquello de ahorcarme con la manguera de la ducha sería horrible, no en sí, sí no cuando me encuentren.
No tengo más opción. Vuelvo a dar la llave del lavamanos y sigue sin salir líquido alguno. Cierta gomita que llevan estas canicas, está reemplazada por un pedazo de madera, a modo de tapón, y el asunto es que no hay agua, o por lo menos, no de ahí.
Me acerco a la ducha, debo actuar expedito, la calidad del aire se está volviendo más y más irrespirable. El piso está matizado de cierto velludo verdor, parecen hongos, y todos me parecen más feos que los otros. Respiro. Calma me digo, calma.
Volteo lentamente la perilla potable, y comienzan a caer pequeñas gotas. Mi reputación está manchada por todos lados. Giro el torso y puedo ver claramente como ciertas manchas que no vienen con el pantalón, lo adornan.
No tengo más remedio. Me desnudo rápido. El olor que desprendo, me tiene en estado de shock, lo cual me anestesia la planta de los pies y estos hacen caso omiso de las simpáticas cosquillas que las saetas juguetonas le producen.
Sale fuerte el agua ducha abajo. Lavo lo mejor que puedo el pantalón, también mi ropa interior, los zapatos, mi pelo, los brazos, las manos, el cuello.
Me viene un ataque de nervios y siento que vengo saliendo de un rescate de un pozo séptico y me entierro los dedos, uñas y todo contra el cuerpo, queriendo escobillarme hasta el nombre.
-Oiga Joven, ¿qué está haciendo, se está bañando?- Exclama un tono simpático, detrás de la puerta.
No hables sino es para mejorar tu silencio, me dice mi asistente interno.
-Oiga joven, ¿qué está haciendo, se está bañando?- (El tono simpático ha desaparecido)
-Hay un problema con la cañería que se debe solucionar señora-
“Cañería” repite ella detrás de la puerta. ¿Cañerías por lo del teléfono?
-Joven, no use el baño porque el estanque no funciona. La cocina está pasada de un muy mal olor, por favor no lo use, ni destape nada sino es necesario.

Vieja maldita, cree que no me di cuenta que hay un gran balde debajo de la ducha. Sólo tengo que sacar la ropa interior que está remojándose dentro y ya está.
Con las pinzas voy sacando unos calzones, que se me hacen radioactivos y los voy depositando dentro del lavamanos. Tuve que haber sido un asesino horrible en mi otra vida, como para que el cosmos y sus burlas de energía, me tire estos momentitos.
El agua de la ducha sigue corriendo, voy llenando el balde rápidamente. Una vez listo lo levanto a duras penas y lo arrojo contra la taza y el mapa de desgracias humanas que tiene dibujado. La maniobra no resultó de lo más certera. Tres cuartos cayeron dentro de la taza, pero el resto se fue contra el piso. Aún hay presencia de trazado humano en las paredes de loza. Debo llenar el balde nuevamente. Aún todo mojado espero. Intento escuchar qué pasa en la cocina, la cual, es contigua al baño. Se llena el balde, intento llevarlo nuevamente, pero me tropiezo con un alga del piso y la mitad del contenido se me cae encima. Sigue corriendo el agua de la ducha, espero que se llene nuevamente.
-Oiga joven, ¿qué diablos está haciendo? ¿Quién le dijo que se podía bañar? ¿A quién le pidió usted permiso?
-Oiga señora no sea porfiada, no ve que tengo que terminar esto. ¿O mejor quiere que no le instalemos el teléfono?
Silencio. La oigo rezongando, alejándose. ¿Quizás no está rezongando, sino hablando con alguien?
-Dos golpes fuertes a la puerta del baño. Me quedo paralizado con el balde en la mano. Miro el pestillo cerrando milagrosamente la puerta. Dos golpes se repiten.
-¿Compañero, le pasa algo? ¿Qué pasa?, ¿qué está haciendo allá adentro tanto rato? ¿No sé si lo sabe? pero le comento que se está saliendo el agua, pero aquí afuera hay un charco y está todo mojado.
No sé qué decir. Me miro las manos y veo que no he soltado las tenazas del trabajo.
-Ya salgo, tengo un problema con las pinzas, ya voy.
Un silencio tan incómodo queda flotando en el aire. Miro la pequeña ventana que hay en el cuarto y la idea de huir, someterme a cirugía plástica total y desaparecerme del país se me viene a la mente.
Miro la toalla, ¿Si me seco un poco se dará cuenta? Estoy empapado, y a todo esto, toda mi ropa está completamente mojada. Y más encima toda la vestimenta es de mezclilla. Discutiendo y mintiéndole a la gente en un baño ajeno, en casa ajena, desnudo, con mal olor en el ambiente, con una docena de calzones tétricos en el lavamanos, un coral de hongos que me miran como plantas carnívoras, ay mamita linda.
Devuelvo la ropa al balde. Me visto con sonido de agua en las prendas.
Sin el acondicionador que suelo usar en mi pelo, esta vez la chasquilla me llega un poco más abajo de las cejas. Salgo de un solo impulso al exterior, afuera mi compañero y la señora conversan. Se me quedan mirando y sólo abren los ojos enormes sin decir nada.
Yo elevo el cuello contemplando ciertas alturas. Paso por el lado de ellos y obviamente, tampoco digo media palabra. Camino todo el pasaje con el sol hormigueándome el cuerpo. Llego a la esquina, miro el ciruelo, balanceo mi cabeza hacia los lados, me desentiendo del paisaje y sigo caminando, pasando de largo la escalera, la camioneta y lo que sea. Camino por horas, hasta llegar a mi casa.
Dos días después, poco antes del mediodía fui a cobrar mi sueldo y a estampar mi renuncia. Me atendieron con una sonrisa de lo más simpática. No me dijeron nada, nada preguntaron. Quiero creer que mi compañero, guardó respetuoso silencio, a pesar que alguien depositó unos calzoncillos en mi casillero.

El recuerdo de esa horrible mañana me va lubricando las letras con rabia, aprieto fuerte las pinzas que aún todavía conservo.
De sólo pensar en que alguien haya presenciado tal acto de deshonra, me viene una cólera que no puedo contener y me acuerdo del maldito ciruelo y me quedo afilando el hacha que compré tiempo después, hasta casi el amanecer, sólo interrumpido por estas letras que lees.

Por Andrés Bianque Squadracci.

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