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La historia no se repite, pero rima

Transcurrido un siglo desde la concepción del fascismo, se ha observado una nueva arremetida de los sectores asociados a la derecha extrema. El fascismo, nuevamente, ya está aquí. No debemos permitir que siga avanzando.

Escribe Tomás Pérez, estudiante secundario

«¡O nos dan el gobierno o iremos a Roma a tomarlo!». Bajo aquella consigna, el movimiento paramilitar liderado por Benito Mussolini acudía a la capital italiana para hacerse del poder en octubre de 1922. Este alzamiento se formaba fundamental a partir de las rampantes consecuencias de la Primera Guerra Mundial, que derivó en un descontento popular que ningún bloque político fue capaz de sobrellevar, a excepción del Partido Nacional Fascista.

A poco andar, Mussolini puso a sus seguidores en contra del incipiente movimiento obrero de Italia, bajo el objetivo de evitar la experiencia de la Revolución Rusa. El resultado de dichos eventos fue la asunción del fascismo en el mando del país balcánico y el inicio de una dictadura totalitaria y personalista.

Transcurrido un siglo desde la concepción del fascismo, se ha observado una nueva arremetida de los sectores asociados a la derecha extrema. Dos sucesos que ejemplifican esto particularmente, corresponden al asalto del Capitolio del 6 de enero de 2021; y el reciente ataque a los tres poderes del Estado en Brasil. El primero fue concretado por los fanáticos de Donald Trump, quienes denunciaban un presunto fraude en las elecciones presidenciales de 2020. El segundo, a diferencia de la invasión de los trumpistas, aglutinó a seguidores del otrora mandatario brasileño, Jair Bolsonaro, no solamente para revocar el resultado de una votación, sino que, además, se congregaron para exigir un alzamiento militar ante el gobierno constitucional de Lula da Silva.

«La historia no se repite, pero rima», solía decir el escritor Mark Twain. Así pues, las recientes insurrecciones de estos movimientos cristalizan nuevamente a un sector que históricamente se ha confrontado a la democracia y a los derechos humanos. Por ende, la ultraderecha es inherente a las abyectas fórmulas fascistas.

En ese sentido, los sectores radicales de la derecha tienden a un carácter populista fundado en el rechazo a un presunto establishment. Caso particular de esto, es el parlamentario argentino de la facción La Libertad Avanza, Javier Milei, quien en su oposición al gobierno de Alberto Fernández, ha introducido una oratoria contraria a lo que él ha denominado como “casta política”.

El neonazismo ucraniano auspiciado por EEUU y la UE.

Pero más allá de lo anterior, emerge el negacionismo que caracteriza a estos sectores, los cuales emplean como narrativa social para defender a ignominiosos regímenes políticos. Tal como el exmandatario Jair Bolsonaro, que declaró concerniente a la dictadura de Castelo Branco «¿Qué sería de Brasil sin las obras del gobierno militar? No sería nada, seríamos una “republiqueta”». Cabe destacar que, según un informe de la Comisión Nacional de la Verdad de Brasil, en dicho período se ejecutaron a 434 opositores1.

Sumado a lo anterior, está el corte nacionalista de estas facciones, que se deprende en una exaltación y reivindicación irracional de la nación. Bajo esa línea, el bien común de la extrema derecha se termina transformado en la imposición de los conceptos que ellos consideran como elementos patrios. Sobre aquella misma materia, el ​doctor en Ciencias Políticas, Económicas y Comerciales, Rafael Carduch, sostiene que:

«Para que esta ideología sea eficaz en su movilización política, no sólo debe defender la identidad entre una nación y un Estado (..), además debe también aplicar una discriminación, tanto interna como exterior, de toda colectividad que no pertenezca a la nación (…). En otras palabras, el nacionalismo es una ideología política desestabilizadora, interna e internacionalmente, porque aspira a una homogeneidad política y cultural en función de un único criterio: la adscripción a la nación»2.

En consonancia a esto, la ultraderecha ha establecido como piedra angular de su proyecto al enfrentamiento contra cualquier comunidad que no cumpla con la uniformidad que enarbolan. Precisamente a raíz de ello, el Centro Delàs de Estudios por la Paz advirtió que la proliferación de este sector radical supondría «un periodo oscuro para las libertades, sobre todo para los derechos de mujeres y personas LGTBI».

Así como la Marcha sobre Roma significó la asunción del fascismo en el poder, los ataques experimentados en edificios de importantes instituciones de Brasil y Estados Unidos escenifican el nuevo auge de esta ideología. Tal como indicaba Mark Twain, puede que la historia no se repita, pero rima.

Consecuentemente, la proliferación de la ultraderecha supone una total oposición a la democracia y los derechos humanos. De este modo, aquellos movimientos se refugian sobre ideales fundados en el nacionalismo extremo, el confrontamiento hacia la clase gobernante y el odio a las comunidades divergentes; que se suma a su narrativa social basada en el negacionismo.

El fascismo, nuevamente, ya está aquí. No debemos permitir que siga avanzando.

La expresión criolla del fascismo chileno, fue la candidatura de Kast, disfrazada de demócrata por la extrema derecha.

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