Lectura de Playa

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DERRAME EN ESTADO VEGETAL O PENURIAS DE OBRERO

No sin estremecimiento interno, procuro redactar con pulso sereno y sosegado, lo que a continuación debo, creo, necesito volcarme de adentros.
Temo en ello, que las líneas de estos trazos sobrepasen ciertos límites de sensibilidades que no quiero perturbar, pero el recuerdo de aquel día terrible, flota de alguna manera siniestra, no sólo en mi mente, sino en mi cuerpo todo.

Ocurrió un día de verano, muy por el contrario de lo que ciertos paradigmas hablan de noches lúgubres de invierno, con algo indefinido silbando desde de la oscuridad.
Trabajaba en ese entonces en la compañía de teléfonos. Realizaba instalaciones a domicilio, para la mencionada entidad. Éramos dos instaladores que nos movilizábamos en una camioneta para tales efectos.
Fue un espeluznante mediodía que comenzamos a trabajar en cierto sector de nombre que mantengo en el anonimato, a razón de proteger ciertas sensibilidades, que llaman al concurso de mis esfuerzos más estoicos.
El inmueble era la última casa, de un pasaje sin salida. Desde ya, tenebroso.
Una vez allí, llamamos a la puerta y expusimos el motivo de nuestra visita. Nos atendió una mujer entrada ya en años. Nos recibió como a héroes. En aquellos tiempos, el contar con teléfono residencial, era signo de superación económica y aprobación social.
La vivienda era humilde de formas y alfombras. De una mirada rápida, había una cocina, baño, un dormitorio, creo, comedor y un patio pequeño, pero acogedor.
Presentadas nuestras cartas de recomendación, nos pusimos de acuerdo con mi socio, en cómo nos dividiríamos el trabajo. Mi compañero haría la instalación dentro de la casa y yo haría lo que se necesitaba en el poste del alumbrado público en el exterior.

Con el paso de los años puedo vislumbrar el extraño escenario con el cual nos topamos aquella vez. No pudimos entrar con el vehículo hasta el fondo del pasaje, porque la compañía de aguas y alcantarillados, como era su costumbre estival, incrementaba las reparaciones y operaciones en terreno. Aquella vez, por uno de los costados de la callejuela, tenían cavadas unas largas trincheras que abarcaban la totalidad de la extensión del pasaje.
Extrañamente, no había un solo obrero en las zanjas a tajo abierto. Grandes hoyos alargados con montículos de tierra fresca como lomo de olas barrosas, se observaban.
En la esquina del callejón, como a diez casas donde se iba a realizar nuestra labor, se ubicaba el poste telefónico que albergaba en su mollera metálica, los contactos y coordenadas eléctricas para hacer funcionar el aparato telefónico.
En nuestra tarea de alcanzar el poste, usábamos una gran escalera metálica, que parecía robada de un circo o de un acto de trapecistas o funambulistas intrépidos. Sin embargo, igual de larga, lo era de pesada e incómoda.
En lo personal, a mí se me hacía más pesada a esas horas en que, por razones económicas, mi cuerpo no había probado bocado alguno. Más allá de un humilde panecillo de esperanzas, al pensar que esa misma tarde era día de pago.
Un momento fraguado de pausas exasperantes, cercaba los perímetros. Cierta tranquilidad acurrucada sobre los bordes de los contornos oteaba en rededor. Eso creí, eso pensé. Como de muertes en ciernes, como de ríos de sangre brotando de los hoyos cavados, como de algo extraño colgado y balanceándose invisible, sobre el ambiente.
El hambre, la escalera y yo avanzamos decididos hacia el mástil de energías adosadas. Pero, como un tierno estorbo, entre la escalera, el poste y yo, aparecía majestuoso un ciruelo frondoso. Tan tupido era el árbol que desobedeciendo cualquier reglamentación humana, se había metido por casi todos los recovecos de la columna de cemento erguida, donde yo debía trabajar. Más que ciruelo era vid penetrante, enredadera incrustada sobre todo lo que estuviera a su paso.
Observé la situación, bajé desde mi puesto, fui hacia la camioneta en la que nos movilizábamos, y extraje una segueta que portábamos, para este tipo de situaciones. Volví a mi lugar de trabajo, subí los peldaños lentamente hacia el cielo. Corté una pequeña rama que entorpecía mi paso, después corté otra, después un brote, luego otro y me afané en algo que quizás, era innecesario del todo.

A ratos miraba hacia abajo y veía el lecho de ramas verdes que mi mano, el serrucho y yo, habíamos fabricado. Yo laboraba con cierto desgano, no portaba un duro en los bolsillos, sólo hambre y una sensación desagradable en el estómago.
Un cigarrillo, estratégicamente escondido entre mis ropas, sería cantimplora salvadora a la hora del almuerzo, intentando engañar las tripas.
Iba cortando las ramas, avanzaba de podas y en un momento, mis ojos me avisan de algo de rosada ovalada bella existencia sobre unas hojas. Agudizo la vista y me derroco de sorpresas al darme cuenta que estoy en presencia de una de las más bellas ciruelas que haya visto en mi vida. De medidas casi parecidas a un durazno lozano, de un color de sandía crujiente, de piel que parecía suave como la de una manzana acicalada.
Aquello fue como un fruto prohibido colgando de una rama, llamándome. Luego, veo otra ciruela de la misma forma, de símiles contornos y caigo en la cuenta que estoy rodeado de un harem de ciruelas rosadas, todas guiñándome un ojo. Me sentí afortunado. Misteriosas son las formas en que ciertas deidades naturales alimentan al hambriento, aún en los peores momentos, reflexioné.
Con suavidad acerqué mi mano a una ciruela elegida, cerré los ojos y sentí su caricia sobre mis yemas. Hubo un breve preludio de segundos petrificados, para luego, con mano firme, arrancarla de su nido de clorofila.
Entonces, fui acercando mis labios a su cuerpo suave, lentamente, pero es en el trayecto, entre la rama y mi boca, que me voy enterando que la temperatura corporal de su estructura vegetal, tiene la temperatura un tanto subida de tonos. Demasiado para mi gusto, exagerado frenesí para un hombre sencillo de modales esquivos como es mi persona.
Me quedé con la ciruela en la palma de la mano y es ahí que se desató una reunión de emergencia entre mi cerebro y mi estómago. Debaten acerca de la situación que se ha presentado.
La ciruela baja su mirada en forma tímida. Yo seco el sudor de mi frente con mi otra mano, mientras hago el equilibro preciso apoyado sobre la escalera y las ramas, esperando el veredicto.
El cerebro fundamenta en forma docta y brillante su punto de vista: “es una reverenda fruta sicalíptica, prohibida” Yo escucho y miro atento su exposición, mientras me como las uñas.
Pero es desoído y vilipendiado por mi estómago y su pandilla de órganos déspotas y sonoros. Y en ese tipo de temas, yo no cuestiono, sólo obedezco. Tuve que acatar la decisión.

Entonces muerdo la ciruela con cuidado y un claro tibio néctar coloidal aparece por doquier. Empujo con los dedos haca mi boca, algo de ese líquido que ha fluido hasta mi mentón. Bastante caliente está su contenido, no tibio. Creo recordar que en algunos lugares, la gente come ciruelas asadas. Imagino que será algo parecido.
El sabor es una mezcla de almíbar, de un maná exquisito que endulza toda mi boca, mi garganta. Los órganos rebeldes, elevan sus manos hacia arriba, como una multitud enardecida, saboreando las gotas y el cuerpo sonrosado de esta ciruela sacrificada, que cae cual cascada de vitaminas invisibles.
El sabor es tan exquisito que arranco otra, y otra más, hasta que el hambre y más de una docena de ciruelas, han desaparecido. Todo vestigio de hambre o de estadios famélicos son sólo recuerdos.
Las hojas de los árboles son verdes, las flores tienen colores, el cielo es azul y un regocijo me invade al saber que he tenido semejante suerte.
Termino de limpiar la zona en la cual haré la conexión y bajo a celebrar lo ocurrido.
Apoyo el serrucho contra el tronco del verdal. El ecuador del día me timbra la mirada. Desenvaino mi cigarrillo escondido, me tomo todo el tiempo del mundo, hasta encenderlo y en un ritual de placeres atrasados lo voy fumando pausadamente. Me quedo sentado en uno de los primeros peldaños de la escalera. Medito acerca de muchas cosas, para concluir que la vida no es tan mala después de todo.
Al parecer, mi compañero ha terminado de realizar las instalaciones internas que son menester para el correcto y probo establecimiento del aparto que aguarda. Lo puedo divisar allá al fondo del pasaje mirando en mi dirección, para acto seguido elevar su gordo metacarpo hacia el cielo. La fase uno está completa, sólo falta mi parte. En gesto amable, también elevo mi pulgar hacia el cielo.
Subo tranquilamente hacia la caja metálica que reposa en la cima del poste. Voy a mitad de camino cuando veo a mí colega viniendo hacia mí. Lo espero a mitad de la escalera. Él camina con paso sereno, el sol, pienso yo, el sol, tiende a dividir las moléculas, modificando los cuerpos en tonos de laxitud.
Se detiene a un costado de la escalera. Me mira hacia arriba con cierto reparo, debido a la luz que emana, no de mí, sino del astro mayor.
-Llamaron de la compañía. El teléfono que instalamos ayer, mantiene un tono ocupado todo el tiempo. Debe ser algún cable suelto. Voy y lo arreglo en el acto. ¿Te parece?
-Claro, asentí, ve. Yo termino esto.
-No me demoro nada exclamó, y volvió a levantar su pulgar.
Yo preferí mantener mis pulgares adosados a la escalera.
Dos tuercas que no se pueden tocar al mismo tiempo traen la señal envuelta en sus roscas.
Presiono con suavidad y giro una de ellas hacia la derecha. No sé por qué en ese momento levanto mi vista y miro en lejanía. A lo lejos se ve una nube inmensa que pasta tranquila sobre ciertos cerros, que de pequeños al ojo, más parecen montículos de forraje tendido. Me quedo pensando en la postal que se dibuja en la lejanía. Me quedo absorto, como expectante, como colgado de algo incierto, que no es la escalera ni el árbol. No logro dar a qué se debe esa sensación extraña que me invade.
Con brazos lacios, vuelvo a mis deberes. Giro la siguiente tuerca con experticia, pero al mismo tiempo algo también gira dentro de mí. Tomo el movimiento con la mayor seriedad. Detengo la acción inmediatamente. Se paraliza mi pupila en un punto indeterminado del ramaje. Ese sonido indescriptible que precede los terremotos, los maremotos, las tragedias más desoladoras creo oír.
Aprieto con fuerza la pinza en mis manos. Me aflora un rictus seco y serio en las mejillas.
Siento como mis manos se siguen tensando contra las pinzas, como un acto repetido de lo que me ocurre en el estómago. El ombligo gira sobre su eje, esto no está bien, me digo. Aquella rotación umbilical, es claro botón de alarma. Se rompen las poleas que mantienen el ritmo de mi corazón. La respiración comienza a ladrarme dentro de la boca. Me sereno. Intento ventilarme, la respiración ya no ladra, ahora muge en forma clara. Pienso lo peor. La venganza del ciruelo se ha cernido sobre mí. Corté y corté ramas, quizás muchas innecesarias. El miedo borra el ambiente y estoy enganchado a una escalera desagradablemente larga, adosado a un árbol vengativo y quizás hasta diabólico. Ahora entiendo qué era aquello que colgaba en el ambiente. Como un ahorcado con sus propias tripas hambrientas, como un sino de intestinos libertinos.

Mi cabeza ordena las piezas del terreno de guerra, que adivino, vendrá. Las cavilaciones comienzan a realizarme ciertas preguntas de inventarios necesarios, pero soy atacado por la espalda o mejor dicho un poco más abajo de la espalda. Abro la boca con los dientes apretados, me quedo clavado a la escalera, tenso, pero más tenso las nalgas hacia delante. El movimiento pélvico se me queda pegado a un costado de la escalera, no puedo moverme. Me imagino un siniestro médico brujo oculto, retorciendo un muñeco miserable con mi cara de suplicio pegada al monigote. No alcanzo a seguir imaginándome cosas porque un retorcijón traicionero me clava un puñal en el costado, y me revuelve las entrañas buscando provocarme más dolor.
Las fuerzas me abandonan, los músculos abandonan el barco óseo que me arriendan. Con la boca cerrada mis cuerdas vocales emiten señales de un auxilio, de un socorro cavernario, que sabe, no vendrá.
Creo que puedo ver como mi panza es una olla que hierve y veo las burbujas que hunden y sacan sus cabezas redondas a la superficie, como en un baile absurdo que tendrá un final de ponches derramados sobre el piso.
Otra estocada, mi gruñido herido es sonido letal que levanta una avalancha, un aluvión que no puedo ver, pero lo puedo presentir muy claramente y de sólo imaginarlo, me viene como un ataque de pánico.
Y en un acto de bombero suicida, coloco mis dos pies a los costados exteriores de la escalera y usando las plantas como soporte, me tiro hacia el abismo, hacia al infierno de los lamentos muy internos. Bajo como un rayo sujetado con todas las extremidades.
De manos quemadas y de zapatos con olor a goma quemada, en menos de un segundo llegué a tierra. Un cólico traicionero me da una patada a modo de bienvenida, en plena boca del estómago y me rompe los dientes del diafragma que clama y llora conmigo e histérico salgo corriendo hacia la casa que está allá al fondo y muy, muy lejana, y a medio camino, los retorcijones son tantos que me arrojo como un zooldado salvaje hacia las trincheras. Y en un acto desesperado, sin importarme absolutamente nada, no de la forma más rápida que debió haber sido ejecutado, me bajo los pantalones a la intemperie. Ahí, a media cuadra, a medio día, en medio del escenario, con media callejuela de testigo.

Y en el salto arrojado, creo que me he dañado la pierna contra una afilada tubería y creo sentir como la sangre me brota alborotada, tibia y sonora. Y es cuando pienso aquello de ¿“sonora”? que me doy cuenta que no es sangre, ni estambre carmesí que orne elegantemente mi leyenda, en caso que no salga vivo de esta trinchera de vergüenzas líquidas.
Este no es el infierno, esto tiene que ser el purgatorio, porque esto no es sino el fruto del medio kilo de purgante a la vena que me inyecté con los dientes.
Y me arrastro. Arrastro mi condición humana por entre las zanjas, como un mutante exiliado, agazapado como una culebra coja. Me las ingenio para irme subiendo los pantalones e ir avanzando en cuatro patas como una lagartija de cola cortada y corto es el camino, breves son las trincheras, para un cuadrúpedo en tales aprietos. En cosa de segundos, salgo de una de las últimas zanjas y con los pantalones a media hasta, logro escabullirme en la casa que atendemos.
Noto en forma clara que la mujer está en la cocina lavando o preparando algo. Con rapidez y suspicacia me meto de una sola vez al baño.
Me quedo paralizado, me doy cuenta que aún tengo las tenazas en las manos.
-Hola, alo, ¿joven, es usted? ¿Alo, quién está ahí?-
Su pregunta me agranda los ojos, se me encoge la cara.
Con voz fingida le respondo en forma clara: -Soy de la compañía de teléfonos señora, tenía que pasar al baño. No sabía dónde estaba usted-.
-Claro, claro, no se preocupe. Por favor, adelante joven-
Una pausa de oro. Reviso todo con la vista. Una toalla impecablemente blanca cuelga en la pared. No hay papel higiénico, esto es lo malo de trabajar para gente pobre. Cepillos de dientes, un jabón a punto de sucumbir…
Un nuevo ataque me sienta en la taza en fracción de segundo. Una de las últimas explosiones suena agigantada debido a la acústica del baño. Rápido tiro la cadena, doy el agua de la canica, intentando generar un ruido que enmascare las agresiones, del ciruelo que se debe estar riendo junto al viento. Ni la cadena del baño, ni la canica del agua generan ruido alguno.
Me aferro a la esperanza de que al parecer, el efecto laxante y mercenario de las ciruelas se haya llevado todo a su paso y que el saqueo haya cesado.
Me reviso. Muy a pesar de mí mediano normal elegante talante, estoy, y no es fácil decirlo, pero ante tanta evidencia, estoy todo cagado. No sé cómo me embadurné la camiseta de la empresa, los calcetines, los zapatos. Me miro al espejo y realmente espero que esa mancha que tengo en el cuello sea de nacimiento y no lo había notado.
Alguien que me despierte por favor. Porque aquello de ahorcarme con la manguera de la ducha sería horrible, no en sí, sí no cuando me encuentren.
No tengo más opción. Vuelvo a dar la llave del lavamanos y sigue sin salir líquido alguno. Cierta gomita que llevan estas canicas, está reemplazada por un pedazo de madera, a modo de tapón, y el asunto es que no hay agua, o por lo menos, no de ahí.
Me acerco a la ducha, debo actuar expedito, la calidad del aire se está volviendo más y más irrespirable. El piso está matizado de cierto velludo verdor, parecen hongos, y todos me parecen más feos que los otros. Respiro. Calma me digo, calma.
Volteo lentamente la perilla potable, y comienzan a caer pequeñas gotas. Mi reputación está manchada por todos lados. Giro el torso y puedo ver claramente como ciertas manchas que no vienen con el pantalón, lo adornan.
No tengo más remedio. Me desnudo rápido. El olor que desprendo, me tiene en estado de shock, lo cual me anestesia la planta de los pies y estos hacen caso omiso de las simpáticas cosquillas que las saetas juguetonas le producen.
Sale fuerte el agua ducha abajo. Lavo lo mejor que puedo el pantalón, también mi ropa interior, los zapatos, mi pelo, los brazos, las manos, el cuello.
Me viene un ataque de nervios y siento que vengo saliendo de un rescate de un pozo séptico y me entierro los dedos, uñas y todo contra el cuerpo, queriendo escobillarme hasta el nombre.
-Oiga Joven, ¿qué está haciendo, se está bañando?- Exclama un tono simpático, detrás de la puerta.
No hables sino es para mejorar tu silencio, me dice mi asistente interno.
-Oiga joven, ¿qué está haciendo, se está bañando?- (El tono simpático ha desaparecido)
-Hay un problema con la cañería que se debe solucionar señora-
“Cañería” repite ella detrás de la puerta. ¿Cañerías por lo del teléfono?
-Joven, no use el baño porque el estanque no funciona. La cocina está pasada de un muy mal olor, por favor no lo use, ni destape nada sino es necesario.

Vieja maldita, cree que no me di cuenta que hay un gran balde debajo de la ducha. Sólo tengo que sacar la ropa interior que está remojándose dentro y ya está.
Con las pinzas voy sacando unos calzones, que se me hacen radioactivos y los voy depositando dentro del lavamanos. Tuve que haber sido un asesino horrible en mi otra vida, como para que el cosmos y sus burlas de energía, me tire estos momentitos.
El agua de la ducha sigue corriendo, voy llenando el balde rápidamente. Una vez listo lo levanto a duras penas y lo arrojo contra la taza y el mapa de desgracias humanas que tiene dibujado. La maniobra no resultó de lo más certera. Tres cuartos cayeron dentro de la taza, pero el resto se fue contra el piso. Aún hay presencia de trazado humano en las paredes de loza. Debo llenar el balde nuevamente. Aún todo mojado espero. Intento escuchar qué pasa en la cocina, la cual, es contigua al baño. Se llena el balde, intento llevarlo nuevamente, pero me tropiezo con un alga del piso y la mitad del contenido se me cae encima. Sigue corriendo el agua de la ducha, espero que se llene nuevamente.
-Oiga joven, ¿qué diablos está haciendo? ¿Quién le dijo que se podía bañar? ¿A quién le pidió usted permiso?
-Oiga señora no sea porfiada, no ve que tengo que terminar esto. ¿O mejor quiere que no le instalemos el teléfono?
Silencio. La oigo rezongando, alejándose. ¿Quizás no está rezongando, sino hablando con alguien?
-Dos golpes fuertes a la puerta del baño. Me quedo paralizado con el balde en la mano. Miro el pestillo cerrando milagrosamente la puerta. Dos golpes se repiten.
-¿Compañero, le pasa algo? ¿Qué pasa?, ¿qué está haciendo allá adentro tanto rato? ¿No sé si lo sabe? pero le comento que se está saliendo el agua, pero aquí afuera hay un charco y está todo mojado.
No sé qué decir. Me miro las manos y veo que no he soltado las tenazas del trabajo.
-Ya salgo, tengo un problema con las pinzas, ya voy.
Un silencio tan incómodo queda flotando en el aire. Miro la pequeña ventana que hay en el cuarto y la idea de huir, someterme a cirugía plástica total y desaparecerme del país se me viene a la mente.
Miro la toalla, ¿Si me seco un poco se dará cuenta? Estoy empapado, y a todo esto, toda mi ropa está completamente mojada. Y más encima toda la vestimenta es de mezclilla. Discutiendo y mintiéndole a la gente en un baño ajeno, en casa ajena, desnudo, con mal olor en el ambiente, con una docena de calzones tétricos en el lavamanos, un coral de hongos que me miran como plantas carnívoras, ay mamita linda.
Devuelvo la ropa al balde. Me visto con sonido de agua en las prendas.
Sin el acondicionador que suelo usar en mi pelo, esta vez la chasquilla me llega un poco más abajo de las cejas. Salgo de un solo impulso al exterior, afuera mi compañero y la señora conversan. Se me quedan mirando y sólo abren los ojos enormes sin decir nada.
Yo elevo el cuello contemplando ciertas alturas. Paso por el lado de ellos y obviamente, tampoco digo media palabra. Camino todo el pasaje con el sol hormigueándome el cuerpo. Llego a la esquina, miro el ciruelo, balanceo mi cabeza hacia los lados, me desentiendo del paisaje y sigo caminando, pasando de largo la escalera, la camioneta y lo que sea. Camino por horas, hasta llegar a mi casa.
Dos días después, poco antes del mediodía fui a cobrar mi sueldo y a estampar mi renuncia. Me atendieron con una sonrisa de lo más simpática. No me dijeron nada, nada preguntaron. Quiero creer que mi compañero, guardó respetuoso silencio, a pesar que alguien depositó unos calzoncillos en mi casillero.

El recuerdo de esa horrible mañana me va lubricando las letras con rabia, aprieto fuerte las pinzas que aún todavía conservo.
De sólo pensar en que alguien haya presenciado tal acto de deshonra, me viene una cólera que no puedo contener y me acuerdo del maldito ciruelo y me quedo afilando el hacha que compré tiempo después, hasta casi el amanecer, sólo interrumpido por estas letras que lees.

Andrés Bianque Squadracci.


infusion de las tabernas

INFUSIÓN DE TABERNA EN LAS VENAS

Se fue, me dejó. Me abandonó compañero, correligionario. Creo que no la veré nunca más. Estoy conversando con ella la noche pasada y me dice que se va. Le pregunto;
-¿Dónde? , ¿De vacaciones? ¿Fuera del país?
-No, me dice, me voy de tu vida. Yo como que no entendí qué me estaba diciendo. Como que el mensaje se me quedó atragantado en la oreja y no me llegó al cerebro.
Me encaró ciertos estados, que según ella, tienden al
coqueteo y el flirteo. También la fotografía de una mujer, que ni siquiera conozco, sobre la cual marqué la casilla “me gusta”, pero son niñerías que cualquier posmodernista
entendería.
El asunto es que está deprimida, abatida. Que las invenciones que andan dando vuelta, la tienen mal. Que otras mujeres me andan acosando o que me acosaron ó que me gusta
que me acosen con mensajes. Y a todo esto, para colmo de males, que yo andaría de cacería por la comarca. Imagínese pues compañero que me diga esas cosas, cuando
usted puede ver por mi forma de ser, mi espíritu silente y retraído, que tales acusaciones no tienen aserradero alguno.
Intenté decirle que esas cosas no eran tal. Pero ella tenía la mirada perdida, así como ensayando estados catatónicos y yo de esas cosas poco y nada sé. Sí intento ayudar me
agarra lo mismo y me pongo raro por días.
Yo pataleé camarada, no piense que me la quedé viendo con esta cara de inepto.
-Que no, que esto, que lo otro-. Me hice el ofendido, el traicionado, la víctima. Después me monté sobre los toros y fui un Siete machos. No me creyó.

Traté a la buena, después a la mala y nada, ahí estaba con esa mirada de ánima en pena.
No me di cuenta, pero parece que mientras hablábamos, ella ya se había tirado por un tobogán negro de desgracias. Yo la miraba desde lo alto. “Se iba, se iba, se iba lejos”, ¿Ha
visto cuando la gente pone esos ojos perdidos e idos en algo que no está ahí presente?
Sí, esos mismos tenía. Como si fueran un par de anteojos vacíos, adosados a un maniquí muerto. Macabro pues camarada, qué quiera que le diga.
Se iba delante de mí, hermano, bien lejos, estando ahí mismo conmigo. Yo le decía: perrita, cholita, no se vaya, y le juro que había puro eco, como estar gritándole a alguien que ha
caído en un pozo. ¿Mi cielo? “Cielo, cielo, cielo”, me rebotaban las palabras en la cara.
Que se pondría ermitaña, y usted ya sabe que ella ya es media extraña así no más. Y entre solitaria y media especial que es ella, no hay quien la contacte en este mundo.
Usted la ha visto cuando pone esa cara de no estar entre los vivos y le brillan sus ojos ovalados y sólo se ven aguas profundas y me aparecen escalofríos por todo el cuerpo.
Los ojos vacíos, pero vacíos pues compañero, que no dan ganas de moverla o interrumpirla, porque varias veces me he imaginado que me responde la voz del diablo o un vozarrón de ultratumba y usted sabe que a mí esas cosas me dan miedo.

Se verá como una mariposa, pero tiene voz de lobo hambriento cuando se enoja.
En otras ocasiones no digo nada, porque usted es testigo, ella puede decirle con una suavidad de terciopelo, que le va a arrancar la cabeza con lo que encuentre y con ese
tono dulce que pone, es imposible resistirse a sus designios y uno mismo va a buscar un hacha o un serrucho, con una sonrisa estúpida colgando de la jeta. Yo por eso siempre pienso, que es mejor dejarla ser. Se le pasa digo yo, se le pasará. pero uno nunca sabe. ¿Se acuerda cuando se arrancó en
el caballo? A puro pelo no más, sin riendas, sin nada, yo estoy seguro que le habló al oído al jamelgo y éste partió lleno de regocijo quién sabe dónde.
Que la vieron unas vecinas. Que iba con un vestido blanco y que pensaron que era el espectro de la llorona buscando a su amado, y uno metido en sus asuntos sin enterarse
de nada. Teniendo que inventar historias para justificar sus rarezas. Que estaba invitada a última hora a una primera comunión, por eso el apuro, el caballo, el vestido blanco y
el pelo suelto solidarizando de alguna forma con el corcel.

Y viene y me dice, me voy de tu vida. Yo, como usted sabe, tengo bastante desarrollado el aspecto cognitibio y me dio una puntada en el occipital derecho, mire: ¡Aquí, justo
aquí! también sentí un dolor bastante fuerte en el estómago, cuando oí lo que me decía. Aunque quizás era por hambre, aunque a la hora que me dio la noticia, faltaba bastante para la
cena.
Bueno, el tema que me quema, es que se fue de mi vida. Después de todo lo que me he sacrificado por ella, después de todas las amanecidas que son como heridas, para mi
longevo cuerpo. No ando para esos trotes, que las canas que tengo, no me las he teñido para lucir como galán de telenovela. Y a todo esto, están pasando una telenovela bastante buena después del noticiario de la tarde.

Pero se va, se va no más, está decidida. Quiero creer que nuestro amor es más fuerte, que sí la llama encendida del fuego caliente que produce calor, se ha apagado por alguna razón, nuestro amor renacerá de las cenizas como el gato Félix.

-Me da pena todo esto. ¿Otro más? Dos más por favor.

Que quiere meditar y profundizar más sus sentimientos subjetivos. Que quiere reflexionar acerca de los conocimientos que no tiene. Yo por más que miro el asunto, no lo entiendo, a medida que pienso, menos entiendo, ¿Es posible eso? ¿No saber algo y comenzar a pensarlo y de tanto pensarlo, desconocer aún más eso que no se sabía?
Realmente me cuesta ver el quid del asunto. Tendré que hacerme ver por un ocultista,quizás tengo problemas a la vista y ni cuenta me he dado.

Pero ella siempre con su misticismo, siempre. Que las energías renovables, que el aura,que siente ciertas presencias, que una gitana le dijo que ella era la reencarnación de no sé qué futbolista y mil tonteras más.
A mí me da miedo todo eso. Me la imagino sola, solita en esta vida, desvalida. Caminando en los parajes de ultratumba, con tanto fantasma fresco que anda por ahí pues Camarada. Usted sabe que ella es bonita y eso de que puede llegar hasta despertar a los muertos, no es entuerto, ni cuento.
Sufro. No estar ahí para ayudarla, allá en el mundo ese, en el espacio de la cuarta dimensión o la quinta, nunca me dijo dónde se iba en todo caso, pero yo creo que anda por esos lados.

En nombre del amor, le juro, se lo juro, yo he tratado, he tratado de llegar a esos niveles. Me siento, doblo el tronco lentamente hacia adelante, cruzo los brazos un poco más abajo de las rodillas y pongo la cabeza entre las piernas. Luego, cierro los ojos y me concentro, me concentro harto. No sé en qué concentrarme, porque nunca me dijo cómo lo hacía ella o de qué se trataba el asunto, pero me concentro con todas mis
fuerzas.
El caso es que nada de nada, no ocurre nada. Lo único que consigo es que me de así como sueño, y me empieza a doler el cuello y la espalda y ando así como tenso. Yo creo
que debo tener algún problema en la columna, en alguna vértebra, porque siento así como que me achiqué o como que tengo una pierna más corta que la otra, no sé, quizás
son ideas mías. Bueno, he quedado bien tullido las ocasiones en que lo he intentado, y nada de nada, me rendí de esas cosas.

A veces cierro los ojos, intentando buscarla y todo es limbo de lirio consumido. Meras aguas turbias indefinidas. Sólo pozos negros, ríos de brea ambigua y ningún pececito de color, con sus ojos de garza enamorada.

Sólo pido que su amiga, la Sufi ó Sofí, no sé muy bien cómo se llama, ande por esos lados. No ve que ella sí que sabe esas cosas, del aura, las energías y todo lo que se
mueve en el subsuelo del alma. Uno apurado sabe lo que es la electricidad y bueno, todo el mundo sabe lo caro que salen las cuentas.
La cuestión Camarada, sabe usted, ando como medio mustio, así como que no me gusta nada, como que no le encuentro brillo a ninguna cosa. Aparte que los mismos ratafustanes que hablaban mal de ella, hablan mal de mí y que yo le hice daño y no sé qué más, y usted sabe que yo no soy inocente del todo, pero yo nada tengo que ver en esas cosas que se dicen.
Pero tengo claro que una tropa de jotes la espía y les falta hocico para hablar mal de mí y bien de ellos como pretendientes, claro está.

Me duele que me haya dejado, sabe usted, yo había cambiado mucho. Con decirle que hasta me saqué la media docena de aros y aceros que me colgaban de la cara, cejas y orejas y otras chucherías varias que andaba trayendo. Las iba a vender, pero me ofrecieron muy poco, quién sabe por qué, pero bueno, eso es otra historia.
Mujeres hermano, ¿Quién diablos las entiende? Teniéndolo todo, se va. ¿Se va?
Me corté el pelo, con eso se lo digo todo, me corté el pelo, usted sabe que mi cabello me llegaba sedoso hasta casi el ombligo. Que no soy muy atractivo que digamos, pero todo el mundo sabe, que a todas las mujeres les gustan los hombres de pelo largo.
Y me pongo a pensar que eso como que me anduvo debilitando mi atractivo natural personal. Así como le ocurrió a uno musculoso, que se cortó su melena ¿o se la cortaron? No sé, salió en una película que dieron por el cable el otro día.

Me da tanta pena todo esto. No lloro porque me veo muy feo cuando lo hago. Me he observado algunas veces en el espejo cuando eso ocurre y pienso que sí lloro en público me afeo, y no quiero eso, uno tiene que ser medio digno también, ¿No le parece?
Fui y me compré hasta un cepillo de dientes, que todavía no abro, pero cualquiera entiende que con el empujón que me dio, a uno no le dan ganas de nada.
Y abandoné el chocolate, lo abandoné, de la noche a la mañana, ni un pedacito que sea. Ni galletitas con esos pedacitos tan ricos que tienen, ¿ubica de qué le hablo cierto? pero, ¿de qué sirvió todo eso?
¿Usted cree que me dan ganas de cambiarme calcetines una vez a la semana, después de todo esto?
Terminé hasta de fumar de lo que usted sabe. Ni eso hace que se me pase la pena.
No he caído en la bebida, porque usted sabe que yo soy medio ordenado con los gastos y eso sí que sale caro. Aparte que detesto los malos olores y me da siempre la impresión
que los borrachos andan así como desaseados, y me da pena esa gente, pero bueno, ése es otro tema.

En la noches, apago las luces (para ahorrar también) enciendo una vela y me fumo un cigarrillo y la veo ahí saludándome entremedio del vaho del humo, que envuelve esa
llama que no se apaga en mi interior, compañero.
!Ay hermano!, sí usted no fuera mudo. Yo sé que me diría cosas juiciosas y sensatas.
Usted ahí fumando sus cigarrillos, callado y observando. Observando en silencio y observándome, cosa que a todo esto, me molesta bastante de vez en cuando, ¿Qué me
tiene que mirar tanto?
Pero bueno, quizás por su falta de habla, realiza esas simpáticas piruetas con las cejas, las manos, los ojos y un rictus para enmarcarlo.
Me voy de tu vida me dijo, con una soltura que me llena de amargura y rabia al mismo tiempo. Es una enferma, es mala, es pérfida, no puede ser otra cosa. Capaz que sea hasta
una de esas personas sadomasajistas, que le gusta hacer sufrir, por puro placer a los demás.

¿No le parece descriteriado todo esto que le cuento?
¿Qué? ¿Cómo que no está de acuerdo? ¿Cómo es eso de que no soy objetivo? ¿Qué?
Avise pues, yo pensé que usted estaba de acuerdo cuando lo vi rascándose la ceja y tintinearme el ojo. Avíseme pues, me deteriora mi parecer, me perjudica el juicio.
Me desagrada bastante que me contradigan, sobre todo cuando puedo estar equivocado.
A todo esto, dispénseme la pregunta, pero ¿Usted quién diablos es?, No lo había visto jamás por estos lados.
-Sólo estoy de pasada. Que tenga una buena tarde.
-Malditos metiches- le tiran la lengua a uno y después se van como si nada.
Deme otra de las mismas por favor.

Andres Bianque Squadracci.


 

temporeros

TEMPOREROS, RECOLECTORES. EL TRABAJO MÁS FÁCIL DEL MUNDO

Faltaban dos días para que cierta empresa nos cancelara un finiquito atrasado que nos adeudaba. A la par, una terrible crisis asolaba la economía del país, la cual sumía y sumergía nuestros bolsillos en un desolado triste orfanato de algún dinerillo.

Fue en una de nuestras obligadas caminatas sin rumbo que observamos con asombro el siguiente anuncio:

“Se necesitan recolectores de tomates. Pago inmediato. Contante, sonante y machacante”

Cruzamos una mirada semi diabólica con mi asistente, amigo digo. Dinero fácil y al alcance.
Esos cigarrillos, refrigerios y bocadillos varios que nos imaginábamos, se hicieron reales, alcanzables, como por arte de magia.

El trabajo de por sí era sencillo, pan comido, o sea, tomate comido.
Nos presentamos muy seguros ante la cabaña improvisada que se agendaba como bastión de vigilancia, cuidados y pagos sobre aquella chacra, plantación, huerto gigante.

Reconozco que nuestra seguridad y confianza para tal faena era hasta abusiva para con los que allí se presentaban. Eso debido al factor extremadamente destacado que mí contextura corporal favorecida, ostentaba. Curtido en trabajos que demandaban un alto grado de competitividad ósea y muscular, es que fui esculpiendo un cuerpo que era la envidia de mequetrefes, enclenques, alfeñiques y hombrecillos varios en los alrededores.
Piernas torneadas como dos pilares acerados de canelo robusto. Brazos destacados, dibujados cada músculo posible en aquellas dos hermosas extensiones que eran el ancla fuerte de mi torso blindado. Mi espalda era lo que tenía que ser simplemente; un paredón de músculos, un racimo de uva trenzada en huesos, tendones resistentes y ligamentos fastuosos.

El Indio Kayul que me acompañaba, era un mestizo de rasgos brutos y un tanto bruto también, pero tenía estampa de guerrero inca, mapuche, náhuatl o algo así. Pinta que no lo botabas de un solo palo o garrotazo. La mirada del diablo comiendo limón. Bravío como navío de mocetones legendarios. Otro que también se había curtido a fuerza de trabajos rudos y largas sesiones de palas, picotas, zanjas y hoyos al por mayor.

Creo que éramos unos ocho o diez tipos esperando al encargado de la chacra, el cual se veía atareado conversando con alguien allá a lo lejos en la plantación que todo lo rodeaba.
Nos quedamos mirando con el indio Kayul, los que allí estaban eran puros pigmeos, minúsculos de músculos, enanos mal alimentados que parecían pollos recién secados, al lado nuestro.
Una mueca sardónica solté disimuladamente a mi compadre Kayul, al verme rodeado de tantos enanos.
Estamos en eso, cuando vemos que viene acercándose hacia nosotros una vieja toda desarmada, mal vestida y de cabello muy largo, completamente blanco.
No lleva ni dos metros avanzado, cuando este energúmeno me dice así como a la pasada y disimuladamente:
-Ahí viene la que estos otros están esperando.
Lo interrogo silenciosamente con el ceño fruncido. ¿Quién, qué?
Esta debe ser Blancanieves, me dice con sorna.

Fingí una tos de perro para ocultar la carcajada y los espasmos. Nadie entendía nada y por supuesto el indio maldito puso cara seria y disimulada, preguntando con el rostro qué es lo que me pasaba.

En ese mismo instante apareció de la nada el capataz de la hacienda.
-Buenos días- dijo. Y acto seguido entró a la cabaña choza improvisada, sacó un montón de baldes y se los fue pasando uno a uno, a cada uno de los muchachos que allí estaban, incluyendo a la mujer de cabello blanco.

Nos quedó mirando inspectivo. Yo inflé el pecho como pato en celo. El indio Kayul puso su mejor cara de asesino a sueldo.

El trabajo es sencillo nos dijo. Toman un balde y lo llenan con tomates, eso es todo. Por cada balde lleno les doy una ficha. Al final de la jornada cambian esas fichas por dinero, que les daré en efectivo y al instante, eso es todo.

Mientras nos hablaba iban llegando muchachos y muchachas en abundancia, quienes sin preguntar media palabra, estiraban el brazo y el hombre a cargo les pasaba un balde.

¿Entendieron muchachos? Nos preguntó. Sí, claro, obvio, sin duda, ningún problema. Exclamamos con tono seguro, varonil y muscular.

-Les daré un surco a cada uno- exclamó. Cada surco mide doscientos metros.
¿Un solo surco? ¿Perdón? Acompañando mí interrogante con cara de acidez repentina.

Le reclamé en forma briosa e inflexión decidida, queríamos tres zanjas, una era muy poco.
Estábamos ahí por dinero, no para juegos de niños o de paseo como los demás.
La avaricia me humedeció la lengua cuando dije esas palabras.

El indio Kayul, que no era mudo, pero lo parecía, inclinó la pera hacia abajo y hacia arriba, apoyando mi petición.
-Claro, claro- dijo él, tendrán tres. Sin dejar de mirarnos de forma extraña. Era obvio que estaba acostumbrado a contar con los servicios de especies infrahumanas inferiores y el vernos tan dotados, le habrá parecido inusual.

Con voz seca gritó hacia el gentío que ya estaba instalado en el predio.
-Que nadie toque esos seis surcos de allá, son de los muchachos- Todos asintieron entre Sí patrón y otros con la cabeza.

El balde me puso de muy buen humor, no habrá tenido más de treinta centímetros de alto por veinte de ancho. Con una veintena de tomates estaba completamente lleno y el casi medio dólar ganado por tal hazaña.

Nos dirigimos hacia los surcos de una vez.
Cuando voy llegando me saco la polera en un acto rápido, sexy y elegante, pero con tal mala suerte que justo, pero justo al lado, al ladito de mi surco está la vieja de pelo blanco que me queda mirando y me dice con una desfachatez insultante:
-Ave maría purísima. ¿Hijo qué está haciendo?, póngase la camiseta por favor, no se da cuenta que…
Y ahí alguien gritó que el camión que venía a recoger los tomates recolectados, entraba por la puerta.
Entre tanto ruido y alboroto, no escuché nada, pero entendí claramente a lo que ella se refería. Quizás en el tiempo de la colonia española, cuando ella fue joven, no estaba permitido que uno anduviera así con el dorso desnudo. Pero ahora en pleno siglo veinte y algo, eso era normal y permitido, no hay para qué ser prejuicioso o colijunto o beato. Métase en sus asuntos vieja tal por cual, le grité. Me miró de manera extraña, pero no dijo nada.

Con una rapidez inusual llené el primer balde y lo fui a cambiar por la ficha prometida.
Ni siquiera había avanzado dos metros del surco y ya iba por llenar el segundo balde. Estaba con una rodilla en el suelo y la otra semi flectada, cuando un dolor en la espalda me incomodó la existencia. Me incorporé, recordé que había dormido mal aquella noche.
Continué mi labor desentendiéndome de aquella molestia insignificante en la zona lumbar, cuando percibo así como que me clavan con una aguja justo en medio de la espalda.
No digo que grité, pero fue bien doloroso.
Me mironeában los enclenques y cuchicheaban acerca de mí los otros alfeñiques, eso era fijo.

En el surco de más allá, el indio Kayul recogía los tomates de una manera bastante especial, por decir lo menos. Pensé que decía algo, que estaba cantando, recitando. La verdad es que no lo veía muy claramente, no sé si él se estaba poniendo borroso o qué.
Yo tenía las manos ocupadas limpiándome los ojos debido a cierto tímido sudor que humectaba mi rostro.
No le tomé mucha atención, pero de rodillas parecía que estaba rezando, implorando o frente al muro de los lamentos o recogiendo algo en cámara lenta. No le presté mayor atención a mi amigo.

El asunto es que me viene otra puntada en la espalda y pienso que son las abejas o los zánganos o un zancudo de día o alguien me ha arrojado una piedra y no me he dado cuenta.

Inquirí con la mirada a todos los mequetrefes a mí alrededor, nadie acusó golpe o reacción.
Enarbolé las cejas con molestia, inflé el pecho de pato en celo nuevamente y de cuclillas me dediqué a continuar con mi labor, sin olvidar vigilar y fisgonear mis otros surcos y que no me los fueran a expropiar o robar.

La vieja maldita me seguía mirando. Yo intentaba enseñarle mi mayor desprecio.
Tenía casi listo el tercer balde por llenar. Hasta ahí por lo menos recuerdo muy claramente.

Sé que al rato comencé a rascarme las manos ó los dedos frenéticamente, los brazos, el pecho, la cabeza. Que sentía una especie de polvillo verde encapuchándome la nariz de una forma horrible, letal, monstruosa, que inmisericorde trataba de asfixiarme, ahogarme asesinarme ahí mismo delante de todos.

Era un día en pleno verano. El sol brillaba radiante y lacerante. Era pasado el mediodía.

En un momento se nubló completamente todo, no el día si no mi mirada y al minuto o a los cinco minutos o a los diez, nunca supe, me doy cuenta que voy acostado en una camilla improvisada de palos y ramas que los enclenques han fabricado. Creo escuchar a la vieja de pelo blanco que dice que me echen agua en la espalda, en la nuca, que soy un huevo frito humano.
Llevo las manos colgando a los costados, los brazos lacios, el pecho hundido como diario mojado. Las piernas delgaditas, tiritando, balbuceando y blasfemando. Entre gritos, aullidos y bramidos, digo que me duele la espalda, que quiero a mi mamá, que traigan una ambulancia, un ventilador, un médico, agua, crema, hielo, un paraguas, sombra, lo que sea.

Cuentan que ni siquiera mis gritos hicieron que el indio Kayul se levantara. Estaba acostado en medio de un surco en posición fetal, tiritando y murmurando incoherencias, recitando o cantando. Con la mirada perdida, en estado catatónico, pálido como papel y agarrado a una mata de tomates.
Que estaba todo tullido, así como agarrotado, que el sol, el polvillo del tomate y las matas lo habían momificado, incluso encogido como calcetín mal lavado. Y con el pelo negro, largo y chico, parecía momia diaguita que llevaban en procesión al museo o traían desde algún cementerio.
Lo sacaron en andas entre varios, repetía todo el rato “Qué culpa tiene el tomate, de estar tranquilo en la mata. Qué culpa tiene el tomate de estar tranquilo en la mata”…
Que un tomate con cejas le había dicho que no lo sacara, que se apiadara de él.

Debo confesar que nunca más pasé por ese lugar. Que prefería darme tremendas e innecesarias vueltas, para llegar a mí hogar, antes que deambular por allí.

Miro las fotos de aquellos tiempos y me causa gracia ver que éramos dos muchachos flaquitos, de no más de un metro sesenta, pero muy bien inflados y estirados con tantos complejos que avergüenza recordar.

Cada vez que me como un tomate, pienso en tres cosas.
La primera es que en ese sencillo clavel andino, cereza exquisita y popular originaria de nuestra América linda, va inserto el trabajo hermoso, digno y popular, de miembros de ese mismo pueblo hermoso, que se levanta cada mañana a luchar contra las adversidades más terribles, contra las monstruosidades más fieras, donde quiera que éstas se encuentren.

Lo segundo es que el llamado “jamón con pepas” por los pobres, es tiernamente noble, servicial, solidario, lleno de carne amaranta para llenar las panzas, rebosante de venas líquidas que sacian la carencia de vitaminas y la sed que nos aqueje, siempre leal y solidario.

Lo último;
Cuando tomo un tomate, antes de hacerlo ensalada, le digo suavemente al oído, a la altura de las cejas… ¿te acuerdas de mi?

Andrés Bianque Squadracci.


plaza

A LA SOMBRA DE LA CATEDRAL

Incaica baranda humana que entibia los adoquines gigantes laterales, de una mole que sólo duerme y observa el centro de la capital.
Esperan, conversan, se sonríen y se fríen de sombra helada estival o invernal. Los señores locales pasan en sus carruajes, intentando elegir a los más fuertes y obedientes, para luego llevárselos a sus mansiones de sirvientes y obreros, donde éstos, jamás obtendrán un dinero extra por enseñarle al patrón y a su familia, a pronunciar correctamente las eses, las erres y las de.

Qué inmenso perímetro, carpa gigante al aire libre y contaminado, como circo de rarezas y toda clase de criaturas extrañas que se pasean y merodean desde todas las bancas.
Esta ciudad se ha convertido en un sartén de concreto que va cocinando humanos como hormigas en un horno de adoquines y de espejos que reflejan el sudor constante de ambiciones en ciernes. Pareciera que desde aquí comienza todo, pareciera que este fuese el epicentro que destila ciertas lilas y lirios que lloran o adornan los contornos.

Qué claro tañe la campana gaussiana sobre los hombros y los hombres. Un repicar de historias injustas, hambrunas, y hombres y hembras de hematomas heredados, resuena.

Y hay estatuas humanas disecadas al sol, pero que recuperan la vida por una moneda solidaria. Lisiados que son millonarios disfrazados y los menos, que suplican postrados en posiciones penitentes todo un día por salario.

Sujetos en Necesidad de Atención, convertidos en Objetos en Necesidad de Compasión.

Humoristas que explotan bien la vena yugular de la estupidez de los presentes y transeúntes. Bromas xenófobas, clasistas, sexistas y racistas son la delicia de la audiencia que arroja monedas, entre excitados y satisfechos, al ver sus propios complejos y trancas representados tan “graciosamente” en un escenario al aire libre. Es decir, se aplauden a si mismos. La confirmación de la proyección sobre el objeto o sujeto que representa su reglamento interior.

Y la imagen de la virgen erigida en un altar, mientras otro tipo de vírgenes se sientan cada noche sobre las bancas buscando pesebres transitorios y pagados, donde pernoctar.
Si se pone suficiente atención se puede observar claramente cómo florece una docena de arbustos en lo alto de la catedral, situación que es el corolario de la manera de ser de un país.

El pedir dinero por distintos motivos, es una especie de idiosincrasia central. Pedir dinero, sin más ni más, alegando únicamente ser pobre y estar en cierta desgracia, supuestamente pasajera. Una moneda para el bus, para comer algo, para ir al estadio, o a la disco, para beber algo, para pagar cierta deuda, para ir en ayuda de un supuesto alguien, etcéteras. Entre experimentados y conocedores en carne propia de la pobreza, una gran mayoría, accede y concede una dádiva que va muy de acorde al catolicismo paternalista-maternalista ancestral pegado al pellejo onírico que muchos dicen poseer.

Es interesante observar que la pasajera desgracia de aquellos necesitados, no termina nunca, como así también, el nulo pudor para limosnear.
No sólo los banqueros y las grandes empresas tienen el monopolio de pedir y pedir dinero, una ayuda o una cooperación, cuando en algo les va mal.

Ciertos economistas, aduladores del sistema, deberían reunirse al aire libre algún día, y entre café y loores al modelo, contar cuántos seres humanos, les piden las sobras para comer.

Aquí el tamaño de los platos es más pequeño, si se compara con otros lares. Así se engaña a la pobreza.
Aquí a las mujeres y a los niños se les llama Carga. Probablemente, los hombres deben ser igual de agradables que un cargo fijo. Aquí las ratas caminan a sus anchas por bares y restaurantes cuando cae la noche y es territorio de nadie. Ratas de dos y cuatro patas.

Las calles son pequeñas y fueron construidas para una carreta y media. En la actualidad, sigue el mismo modelo colonial, con la pequeña diferencia que ahora hay vehículos enormes y ya no pasa la diligencia repartiendo encomiendas y cartas.
Viajar en metro, es una tortura acústica, un sauna ambulante. Vapor de sudor que empuja los carros. Viajar en bus, espaldas mojadas subvencionadas por el estado.

Religiosamente se debe pagar el permiso de circulación, pero no hay descuentos por el cauce de río seco que lleva el nombre de calle o avenida. No se descuenta el arreglo de la suspensión, amortiguadores o frenos, mucho menos la tensión constante de estar evadiendo obstáculo tras obstáculo. El permiso pagado solo incluye ciertos sectores, los otros, pertenecen a la empresa privada donde corren otros gastos aduaneros.

La prueba para obtener la licencia de conducir aquí, es para personas bastante limítrofes. Digamos que el test es muy poco exigente, para no ofender a tanto buen conductor-lector.
Lo de mal gusto, lo de pésimo gusto, es que esos mismos conductores al ser sancionados con alguna infracción, comentan sueltos de cuerpo: “Tengo un teniente, compadre, amigo que me saca el parte, cabo, capitán, juez de policía local, la alcaldesa, concejal, un santo trabajando en el ministerio de transportes”, etcéteras.
Bastante decidor sobre algunos que no saben perder, y que recurren a cualquier estafa, fraude o mentira para salirse con la suya. Así vemos a los mismos conductores cometiendo las mismas faltas e infracciones una y otra vez. Así mismo, lo hacen en la vida misma, siempre buscan la manera sucia de ganar en todo. Seres inferiores que piensan que la derrota no es un instante de reflexión, superación y mejorar en algo. No, aquí todos son ganadores, y si se tiene que timar al propio hermano, no lo dudan ni un segundo y después se pasean campantes y radiantes como si nada o dueños del mundo.

Dime cómo manejas y te diré quién eres.

Las calles son extremadamente largas, extensas, muy extensas y sólo se encuentran locales comerciales en ellas. Se puede caminar horas y horas ante el mismo escenario.
Bazares, bares, zapaterías, farmacias, carnicerías, restaurantes y supermercados. La cultura, un museo, una pinacoteca, un centro cultural, galerías, teatros, exposiciones, sabe a carie incómoda entre medio de tanto colmillo blanco del comercio.
Y si se encuentra alguna pintura, alguna muestra tierna de cultura adosada a las murallas o a las mesas, no son más que anzuelos alternativos para gente “alternativa” es decir, otra vez lo mismo. La cultura se paga, el guitarreo, el malabarismo, la pintura, el arte, no es una actividad para sacar al mundo del oscurantismo, es la otra cara del mercantilismo cultural de algunos, que cobran lo mismo o más caro, incluso, que los mismos ambiciosos capitalistas.

En esas mismas calles, las veredas han sido abandonadas a la suerte de los vecinos. Florece la maleza a sus anchas, emergen las cañerías y las raíces viejas.
El tendido eléctrico parece una vieja boa inmensa empolvada, manguera de mineros abandonada, por donde, Increíblemente, atraviesan ratas color smog por las noches, sin que nadie se espante siquiera.

Habría que demandar a la Facultad de Arquitectura por egresados tan mediocres. Sus cubos monótonos, sus cuadrados repetitivos, sus acuarios de vidrio ahumado imitando un edificio, sus gallineros de aluminio y las terminaciones que lamentablemente terminan siempre en lo mismo. Se nota a la lejanía y cercanía de que clase provienen esos originales creadores de cajas de concreto sin ninguna gracia o garbo.

Cerca de ahí, muy cerca de todo, atraviesa el Río Mapocho, acequia, urinario gigante custodiado por roedores de todos los tamaños y pelajes. Eternamente sucio, repugnantemente vivo, como gusano de vergel que se arrastra infinito y repetitivo.
Hay de gentes soberbias y petulantes que se jactan del desarrollado y desplante del país,
Donde los pobres no son pobres y menosprecian a los verdaderamente pobres, donde los ricos menosprecian todo y a todos y, prefieren navegar sus veleros en lagos artificiales o humedecerse el cutis plástico en algún caudal europeo y evitar ver cómo viven sus compatriotas debajo de los puentes.

En el bicentenario, deberían ahorrarse un par de monedas en fueguitos artificiales e intentar, erradicar, cambiar, mejorar, limpiar, la horrenda vergüenza de ver pasar esa acequia asquerosa por entre medio de la ciudad.
El río ése, tiene la elegancia de un baño de pozo, sin puertas, instalado en el jardín de la entrada de una casa.
Mapocho, color calco de la ciudad, estamentos y sedimentos de la sociedad.

Sin embargo, se ve difícil eso, muy difícil. Aquí todo está sucio, aquí la basura es sagrada y no se toca, se acumula del tamaño de una vaca adulta en las esquinas y rincones y ahí ya es canonizada, inmaculada. Y muy bien alimentada por todo el mundo. Donde quiera que uno mire, camine o vaya la basura está en todos lados.
El escudo nacional debería ser una mosca, una botella de plástico ó una colilla de cigarrillo abandonada, todo esto adosado sobre la delicada y fina piel de una bolsa de basura arrojada a la calle.

Los pobres, obviamente, maltratados por la injusta distribución de los medios de producción y las ganancias, es que se comportan de tal forma, así la capa media, así los ricos que pagan a los pobres para que limpien sólo sus hermosas calles.

El sabor a hollín en la boca es algo habitual, los problemas respiratorios, son descuidos netamente personales y no colectivos. Camisas, blusas, cuellos y manos cenicientas son meros impuestos del desarrollo.
El color gris lo domina todo, grises son las hojas de los árboles, grises son las paredes, las calles, los rostros. Una sensación de suciedad se palpa fácilmente en el ambiente.

Hay algo de oráculo envenenado y ahumado en todo esto, y al parecer, el único suspenso, en esta historia de polución de urnas concluida, son los puntos suspensivos que flotan en el aire. Certeza y corteza de objetos tirados en un devenir undívago, como de olas muertas y contaminadas a la orilla de la playa.

Quizás aquí no hay cultura del reclamo, quizás esa es la causa de todos nuestros males. Porque aquí se es valiente cuando se está alcoholizado, contra las mujeres y niños, en grupos o patotas, sean de derecha, izquierda o los once neuronas por lado y también, y quizás la más característica, es cuando se es una rata anónima que esconde la pezuña cuando se tira la piedra envuelta en acusaciones, mentiras, invenciones, añagazas, críticas, cotilleos o cuentos y se sienten a resguardo en el anonimato digital.

Pero, Sí se está solo… “No importa, déjelo así, ya fue, ya me estafaron, no es para tanto. “Es lo que hay”. El vaso no está tan roto. Para qué nos vamos a poner a pelear o a discutir. No es tan malo y peor es nada. Me saltaron en la fila de llamados, el servicio es pésimo, pero por lo menos hay. Me cobraron de más, me atendieron horrible. Nadie avanza en la escalera mecánica”
Policías, doctores, diputados, concejales, profesores, alcaldes, senadores, son servidores públicos que se comportan como reyes ante sus tribunos.
Ratafustanes que creen portar armiño en vez de pedigrí de quiltro trasquilado de complejos y arreglos varios.

Algunos hace poco que conocen los beneficios de un alcantarillado o les han pavimentado las calles y ya son otros. Una soberbia que cuesta bastante entender, los posee vertiginosamente. Ya son parte del futuro de la humanidad, y contra el prójimo son valientes, pero contra las compañías ahí son comprensivos y tolerantes.

Titiriteros, tarotistas, tramposos y trotamundos. El tráfago aúlla en cada esquina su encierro de metros cuadrados.

Aquí la gente se compra colonias caras para enmascarar el hedor interno. Se compra gafas onerosamente oscuras para que nadie sepa bien cuando están mintiendo.
Los pantalones en lo posible de tela y estilo banquero. La camisa lisa, azul, blanca o rosada y estrictamente alisada indica ser superior a la gran masa de civil y poleras que camina.
Si se tiene el cabello largo, sé es poco serio y elegante. Si el cabello es corto, indica formalismo de mojigato adaptado al sistema. Si se usa pantalón planchado se es un mentecato, si se viste de mezclilla y zapatillas, obviamente se prepara un asalto.
Da lo mismo la vestimenta, formal o informal, dama o bataclana. Aquí se discriminan, de una forma brutal, todos entre sí.

Pobres, ricos, acomodados o misérrimos. Gordos, delgados, educados, iletrados, altos, chaparros. Indios o blancos, da igual a la hora de burlarse y discriminar a los demás.
Al parecer, la burla como mecanismo de defensa en contra de tanta adversidad bajo dictadura, funcionaba como válvula de escape y se quedó definitivamente en el exquisito sádico sentido del humor y bilis de nuestro pueblo. Hipótesis tirada al voleo, pero, menos inicua que consentir aquello de “la raza es la mala”

¿Humano?, ¡Sí!. Pero, ¿de qué marca?

Es un gran país de payasos, actores, farsantes, poseros, y arribistas de todos los colores y posiciones.

El compadrazgo o nepotismo, es una institución. Los acomodos, los tíos, los amigos precisos y correctos, el primo, sobrino, novio, esposo en la institución, es carta fija de algún beneficio “extra” para la familia y los cercanos. Funcionando las cosas así, no cuesta mucho entender la mediocridad de todo un país.

Raído el ambiente todo. Aquí son casi todos microparticulares del tráfico de influencias, son todos o casi todos calcetines percudidos del lavado de dinero ó de las influencias ó amigos bien posicionados.
Después, en las calles o en sus casas o plazas posan de capaces e influyentes.

Y la gran plaza de la farsa ofrece sus actos ininterrumpidamente.
Perros abandonados, vendedores, palomas, evangelistas, prostitutas, ajedrecistas, pedófilos y proxenetas.
Predicadores histéricos sermoneando en trance. Filas de indigentes (eufemismo que usan los tecnócratas por no decir Indecentes) apilándose por un plato de comida y un mendrugo de pan que devoran con fruición.

Sin olvidar, el elegante y refinado gusto de este país por las Palmeras, reivindicando que no somos más que un país bananero.

Y como para agregarle más pimienta a la salsa, aparece un regimiento de alelos que han invernado un par de años dentro de los genes y ahora salen en pleno auge y apogeo.
Sentados en la banca recesiva de la herencia, salen en masa a ubicarse dentro de las masas.
Ha ganado altura la nueva generación, es más fácil mirar para abajo a los demás. Los ojos verdosos, azules, pardos y cabelleras claras o rubias naturales, florecen por doquier, otorgándolo obviamente al portador, sendas ventajas de ciertos paradigmas foráneos, entre tanta aceituna negra o tanta canela común y silvestre.
Quizás mis lentes tienen demasiado aumento o ¿los pechos de incontables damiselas, últimamente se ha vuelto un tanto difícil de obviar? El vulgo insiste que son los pollos con hormonas los responsables de este calvario mamario.

Las farmacias lucen cada vez más saludables. Los adictos a la codeína jamás tienen problemas en conseguir su porción diaria, aún sin receta. Lo genérico, sigue siendo otro producto alternativo. Boticas que son una verdadera cruz sobre los consumidores.

En la calle los menores de edad venden películas pornográficas y todo el mundo se sobresalta y espanta, pero por los precios, por la calidad de la película pirata que se les vende, que no los vayan a estafar como es costumbre entremedio de estas cumbres.

Taxistas ojos de halcón, porteros de remoliendas sofisticadas y modernas.
El único país donde se estila un tipo de geisha que sirve el café con leche siempre tibia.

Aquí los arreglos momentáneos son sagradamente por años. Poco orden y mucho al lote de jotes que gobiernan las instituciones.
Los parques son verde-blanco. Verde de hierbas, blanco de papeles tirados.
Y si el pasto está amarillo, se pinta, para eso hay recursos y costumbre de disfrazar algo y hacerlo pasar por otra.
La gente aún cree que los álamos, sauces y pinos son productos nacionales.

El medio lingüístico de comunicación aquí, es un engendro metamorfoseado del castellano. De cosecha desconocida, y de cierto buqué auditivo que avinagra los oídos.Orgullosamente hecho en casa.

En otro idioma de imágenes hirientes, juegan de noche docenas de niños esperando a sus padres, tutores o captores. Juegan a la ronda en un campo minado de hombres, donde la gente prefiere mirar para otro lado.
Porque la solidaridad fue amputada de cuajo hace rato. Primero uno, segundo uno y así sucesivamente. ¿Un país de salvajes Hunos que blanden sus hachas y sierras en contra de cualquiera? Amputado el interés social, en sus mejores ratos sólo renguea zigzagueante. Es de esperar que las condiciones den a luz, contra lo que se nos da de oscuridad y nazca o brote una nueva pierna, brazo o cadera a la Salamandra social decapitada.

Mientras tanto, el hombre elefante del forestal, el de pestañas albinas, recorre las esquinas estirando su mano descomunal por las ventanas de los autos, pidiendo una moneda para paliar su tratamiento olvidado. Sólo los valientes, dejan caer una moneda sobre su mano deformada.

Dúctil columna vertebral del pensamiento que todo lo tolera, que todo lo soporta en esta normalización de la pobreza y las necesidades. Mientras el coletazo de gárgolas agiotistas asquea el ambiente y pareciera que sólo unos pocos lo sienten.

Aroma de sombras camina pujante por entre los ojos de millones de espectadores, que esperan cierto eclipse de sufrimientos, a razón de este crepúsculo electo intencionalmente a puño y letra expectante, dibujada sobre cierta esperanza que, bien sabíamos, se diluiría más rápido de lo que “accidentalmente” apareció.

Una sociedad primitiva que hace poco conoce el tibio fuego de los celulares, pero es soberbia como sólo los imbéciles pueden serlo, como sólo los ignorantes se atreven. Una sociedad que no estaba preparada para recibir tanto avance tecnológico, especialmente, cuando el desarrollo interno, no pasa de andar todavía en cuatro patas.

Porque aquí son todos vivos, no hay lerdos, ni ineptos. Los tontos son siempre otros. Aquí hay sólo zorros, astutos y ladinos, no importa de que lado salga o se esconda el sol.
Estamos como estamos, porque son otros los responsables. De noche, babean por igual, los dos extremos del pensamiento, especialmente, porque sólo a los débiles, e inseguros, les atraen las luces y la fama, y en eso, los dos polos ideológicos se parecen bastante.
Pactos, votos, compromisos, promesas y juramentos, son siempre negociables.
Esto, más que país, es un gran teatro-rotisería, con actores y actrices de todas las layas y tallas.

(Fragmento)

Andrés Bianque Squadracci.