
Escribe Felipe Vergara Lasnibat
En el debate político contemporáneo, particularmente en América Latina y en Chile, la derecha ha construido su relato sobre una aparente defensa de la libertad individual, la eficiencia del mercado y la crítica a la supuesta ineficiencia del Estado. Sin embargo, tras ese discurso se esconde una práctica sistemática y profundamente contradictoria: el aprovechamiento descarado del aparato público en beneficio privado. La derecha no sólo no repudia al Estado —como suele proclamar en sus campañas— sino que vive de él, lo parasita y lo convierte en un botín al cual accede mediante licitaciones dirigidas, mecanismos opacos y favoritismos institucionales. Como verdaderos hematófagos, se alimentan del erario que públicamente desprecian.
Dorothy de Oz….
Doroty, como la niña Dorothy del Mago de Oz, camina por un país que parece de fantasía pero está marcado por trampas reales: castillos de corrupción, hombres de hojalata sin corazón institucional, leones cobardes que temen al poder político y espantapájaros sin cerebro que ocupan cargos clave. Ambas «Dorotis» buscan justicia: una, volver a casa; la otra, darle sentido a su rol fiscalizador en una república que confunde control con traición.
En Chile, la Doroty contralora descubre que los magos son los medios, serviciales y estridentes, que operan no para revelar la verdad sino para custodiar la imagen del poder. Los conglomerados «informativos» se coluden y se visten de «justicieros», para seguir debilitando las bases de lo publico y estatal, son marionetas expertas en seleccionar el relato que acomode a sus jefes e incomode el aparato público….a acomodando la frustración popular para proteger la escenografía del sistema…¿Quienes son los principale profitadores de las licencias?
Aquí está la paradoja: y cuidado quien intenta ejercer la fiscalización en razón a la justicia se convierte o la convierten en villana…Mientras más cumple su deber, más se le exige…. Como en Oz, donde el camino de baldosas amarillas prometía claridad y terminó en decepción, Doroty puede terminar caminando entre presiones políticas, desinformación mediática y un anhelo republicano por un control que no moleste, que no incomode. Sin embargo, como la otra Dorothy, no pierde su centro. Porque ambas, en mundos distintos, descubren que el verdadero poder no está en los fuegos artificiales del Mago ni en las columnas de opinión, sino en tener el valor de mirar más allá de la cortina y decir: “esto no es simulacro”.
La Derecha necesitaba licencia médica y psiquiátrica.
Este fenómeno no es nuevo. Durante décadas, los sectores conservadores han hecho del Estado un espacio de negocio, no de servicio. La privatización de empresas públicas, los contratos millonarios en áreas estratégicas como salud, educación o infraestructura, y las redes de protección a grandes capitales instaladas durante la dictadura, forman parte de un entramado de saqueo legalizado. Quienes más critican al Estado son, paradójicamente, quienes más garantías obtienen de él: no existe mejor ejemplo de esta contradicción que las Fuerzas Armadas y de Orden. Estas instituciones se presentan como guardianes de la patria y supuestos enemigos del populismo estatal, pero son quienes gozan de los privilegios más desmesurados: pensiones abultadas, sistema previsional exclusivo, impunidad histórica y presupuestos intocables. Esta estructura de beneficios, herencia directa del pinochetismo, no solo no ha sido desmontada, sino que se ha consolidado como uno de los principales símbolos de la inequidad institucionalizada. Esa Derecha sufre de cleptomanía y narcisismo verdaderos síntomas psiquiátricos de una doble personalidad inclasificable para el DSM: «psicopatosociopatía»-digno nombre para una banda de death metal!!
En este escenario, el reciente escándalo de las licencias médicas fraudulentas ha expuesto la magnitud del abuso desde distintos sectores. Funcionarios públicos que, pese a estar con licencia, realizan campañas políticas, participan de actividades privadas o incluso gestionan intereses partidistas, reflejan no solo una falla ética, sino un delito flagrante contra la ciudadanía. Más grave aún es que muchas de estas prácticas se concentran en funcionarios ingresados durante gobiernos de derecha, donde el aparato estatal fue utilizado como vitrina laboral para operadores ideológicos, no como instrumento de bien común.
Este comportamiento no distingue color político, es cierto. Todos los casos deben ser investigados y sancionados. Pero el juicio debe ser más severo con quienes, además de lucrar con el Estado, construyen su identidad política en base al desprecio de lo público. Porque no se trata sólo de corrupción administrativa, sino de una estafa moral: critican al Estado mientras lo usan como trampolín electoral y caja pagadora. Estos personajes deberían ser inhabilitados de inmediato y de por vida para ejercer cargo público, en algún cado enfrentar penas de cárcel ejemplares, porque su crimen no es solo económico: es también político, social y ético. Burlan la confianza de millones que sí creen en lo público como herramienta de equidad.
El abuso sistemático de la derecha sobre el Estado no es un accidente: es una estrategia. Usan el Estado para enriquecerse y luego exigen reducirlo para evitar que otros accedan a sus beneficios. Construyen campañas con el discurso de la eficiencia mientras socavan las bases del interés común. Por eso, más allá de los nombres y partidos, es urgente desnudar esta lógica hematófaga y devolverle al Estado su sentido original: servir a la mayoría, no alimentar a unos pocos.
Dorothy de Oz, tuvo un final feliz, esperemos que esta otra Doroty llegue felizmente hasta el final.

El autor es Académico Universidad pública, Magister en Estudios Históricos, Sociales y Culturales.
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